26 de hazañas

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Por Yasel Toledo Garnache | 21 julio, 2015 |
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26 de Julio, CubaLa epopeya de la Santa Ana me acompaña desde la infancia. Mi primera maestra en la Enseñanza Primaria me habló del heroísmo de los Jóvenes del Centenario, y sembró en mí una admiración tremenda hacia ellos.

Recuerdo que recorté de un libro de texto una imagen sobre las acciones del 26 de Julio, para ponerla en la pared del cuarto, y me gané algunos regaños por eso, pero la ilustración persistió en el sitio. Y yo visualizaba el suceso en el papel, con movimientos de cámara y sonidos, hasta me imaginé, entre balas, con varios amiguitos del barrio.

En mi mente, íbamos de un lugar a otro con rapidez, esquivábamos proyectiles con efectos televisivos y siempre dábamos en el blanco, éramos superhéroes. Aquellos muchachos, que desafiaron el miedo, lo fueron en verdad, de carne y hueso. Muchos perdieron sus vidas. Sin embargo, a esa edad no comprendía la verdadera dimensión de lo ocurrido aquel día de 1953. Los estudios posteriores me ilustraron acerca del acontecimiento y del movimiento revolucionario triunfante cinco años, cinco meses y cinco jornadas después.

Mientras escribo estas líneas, una sensación extraña recorre mis venas, una mezcla de tristeza, orgullo y admiración o mucho más. Me detengo, pienso y sigo con ritmo rápido sobre el teclado, porque hoy las ideas fluyen con facilidad, quizá porque desde hace bastante les debo estos párrafos, que nunca serán suficientes, por el ejemplo de ellos, soñar y hacer.

Artículos y profesores enriquecieron mis nociones sobre la derrota militar, devenida victoria estratégica, porque demostró la existencia de una generación dispuesta a luchar con las armas por un mejor país, inició una nueva etapa en el proceso revolucionario, resaltó la estatura de Fidel y condujo a la Historia me absolverá, programa de lucha de la próxima etapa. El suceso y sus protagonistas alimentan las esencias de la nación.

Permanecen en mí, con especial agrado, las lecciones de historia impartidas por Alejandro Ferrás Pellicer y José Luis López Díaz, miembros de la Generación del Centenario, en un recorrido por la hermana provincia de Holguín, hace cuatro años, y, más recientemente, las de Ernesto González Campos, también asaltante al cuartel Moncada, en un encuentro con jóvenes de Granma.

Sus palabras, tonos de voces, gestos y hasta leves lágrimas transmitían la emoción. Mi alma vibró y la adrenalina se encendió, escuché el último poema de Raúl Gómez García, en la Granjita Siboney: “Ya estamos en combate… ¡Adelante!” Luego, los disparos…

Volví aterrorizado los ojos hacia la barbarie que quitó la vida a tantos revolucionarios como represalia durante las horas posteriores, y admiré otra vez a Fidel y su alegato de autodefensa en el juicio, días después del hecho.

Confirmé que debemos defender la libertad con dignidad y decoro, por lo conquistado y respeto a ellos, a nosotros y a este país de heroísmo y victorias.

Ahora hay otros niños que admiran a los valientes de julio de 1953 y a los demás mambises de estos tiempos. Tal vez, alguno se gane un regaño por recortar una foto de su libro de texto. Eso no importa. Otros, de más edad, también somos consecuentes con aquellos sucesos y seguimos con los anhelos en grupo y la certeza de los triunfos. Todavía faltan varias jornadas para la efeméride, pero la recordación es permanente. Me recuesto del asiento y pienso.

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