Al llamado de Angola

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Por Yelandi Milanés Guardia | 7 noviembre, 2020 |
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FOTO Rafael Martínez Arias

En los días iniciales de noviembre de 1975, José Ángel Tamayo-Saco Sánchez se desempeñaba como subteniente y jefe de un pelotón del Batallón (Bon) de Exploración del Ejército Oriental (EO). Ni remotamente pasaba por la cabeza del entonces joven de 20 años, la posibilidad de ser seleccionado para cumplir una misión militar en la República Popular de Angola.

Al llegar una comisión a ese batallón, su vida dio un giro radical, pues lo eligen y le piden que escoja a un sargento y cinco soldados para incorporarlos a la recién iniciada Operación Carlota.

El pequeño grupo viaja a La Habana y los sitúan en una unidad en los que  reciben  preparación combativa. Poco a poco, unidos a  los demás compañeros, conformarían una compañía especial, integrada por 179 efectivos, distribuidos en tres pelotones de infantería, uno de exploración, otro de morteros y una escuadra de zapadores.

Luego les informan que esa agrupación iba a reforzar a los combatientes que estaban en el centro de instrucción de Cabinda.

“Cuando salimos de Cuba, después de varias escalas, aterrizamos en Brazzaville (capital del Congo) y entonces abordamos un avión de la Fuerza Aérea hasta Punta Negra (Congo), donde nos recogieron todos los documentos legales, vistieron de militares y entregaron el equipo de campaña. Nos movimos por carretera hasta Cabinda, sitio al cual llegamos el 20 de noviembre de 1975.

“En el campamento que fuimos ubicados estuvimos preparándonos hasta el 31 de diciembre. Ese día nos trasladaron por la noche hacia Teixeira de Sousa, lugar en el que fundamos el frente del Este, fronterizo con Zaire (actualmente República Democrática del Congo)”.

Su primera acción combativa consistió en la voladura del puente que unía, sobre el río Congo, a Zaire con el territorio de Angola, y allí ocurrió un enfrentamiento con fuerzas contrarias.

“Rápidamente iniciamos una ofensiva desde Teixeira de Sousa hasta Gago Coutinho -poblado cerca de la frontera con Zambia- que implicó cientos de kilómetros y el avance cada vez más al este, liberando los poblados que nos encontrábamos a nuestro paso.

“Una de las encomiendas más difíciles que cumplía mi tropa era la exploración de profundidad, que consiste en determinar las fuerzas y medios que tenía el enemigo, además de detectar su posición y puntos claves.

“Una anécdota peligrosa y a la vez graciosa fue cuando estábamos entrando a Lusso, provincia de Moxico, y desde un edificio comienza a dispararme un adversario. Entonces me lanzo del tanque en que venía y siento que desde algún lugar le disparan, y al verlo muerto, dirijo mi vista hacia mi salvador y veo a un angolano con un fusil G-3 que me dice mezclando idiomas: –Primo, si no lo veo tu no fica (quedas)”.

Esta primera experiencia en Angola duró desde noviembre de 1975 hasta  julio de 1976, y la segunda, desde mayo de 1985 hasta diciembre de 1987.

OTRA VEZ EN SUELO AFRICANO

Al regresar en la década de los años 80 del siglo pasado, tenía 30 años y ostentaba el grado de capitán, por lo que se desempeñaba como primer oficial de la Sección de Inteligencia de la misión militar cubana en Angola, después como jefe de Inteligencia de la brigada de tanques de Kuito-Bié y, posteriormente, de la de Lubango.

“Entre mis acciones más importantes se encuentran tres riesgosas incursiones desde Kuito-Bié a Menongue, con las tropas de la caravana Che Guevara, la cual proveía a las huestes más al sur.

“Gracias a la experiencia en suelo angolano puse en práctica todos mis conocimientos militares, y establecí relaciones magníficas con integrantes de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (Fapla)”.

Entre sus momentos más tristes recuerda la pérdida de la vida de un joven, quien incumplió sus órdenes y violó los procedimientos en la exploración.

El más alegre fue cuando recibió la primera carta de su mamá, nos evoca, que luego se mezcló con la nostalgia de la distancia y la imposibilidad de saber si volvería a verla. En la misiva lo alentaba a no echar para atrás, y le recalcó que lo esperaba en Buey Arriba.

“En Angola pude experimentar el dolor de estar lejos de la Patria, por eso no entiendo como algunas personas parten de Cuba, sin pretensiones de regreso, y a veces eso no les produce la más mínima tristeza.

“Para mí -confiesa- lo más importante de una guerra es que sea justa, siempre para defender la soberanía de un país, y nunca para servir a intereses hegemónicos. También considero decisivo el nivel de preparación que tengan las tropas y las cualidades combativas del armamento”.

Ahora, en un lugar sagrado de su hogar, atesora con orgullo las diversas medallas y distinciones recibidas por su decisión de acudir, presuroso y solidario, al llamado de Angola.

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