Alumbramiento

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Por Osviel Castro Medel | 13 agosto, 2019 |
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La caída brusca de Lina, desde un corcel con bríos, no fue señal de infortunio, sino, probablemente de la resistencia y la suerte de aquel niño que crecía en su vientre.

Semanas después, en el alumbramiento de un agosto tórrido, alguien aseguraría en metáforas que ese varón hermoso, sobreviviente del accidente, sería “un caballo”, como solía decirse en los campos de Birán para ponderar a un ser humano extraordinario.

Desde entonces esa reciedumbre física fue creciendo, acompañada de la espiritual, hasta convertir al tercer hijo de Ángel y Lina en un virtuoso, vencedor en mil desafíos ciertos.

No solo derrotó el temprano internamiento escolar en Santiago, las turbulencias de un tiempo de protestas, los tiburones de la bahía de Nipe cuando tuvo que nadar después de una expedición delatada y fallida.

Supo, como ningún otro en nuestro almanaque, ganarle al pesimismo que sobreviene después de aparentes grandes fracasos, como los vinculados al Moncada, al consiguiente barrote y al destierro; a los oleajes mareadores, a un desembarco accidentado y a la dispersión dolorosa.

Y supo, también, cabalgar por encima de imposibles, retomar los relámpagos de Martí, soñar una nación con alas, retar al gigante de las Siete Leguas, ser el primero en empeños duros, reconocer la pifia.

Ahora, en el repaso necesario de su vida, luego de 93 años de leyenda verdadera, muchos lo ven trepando la cresta de una montaña, levantando su fusil al cielo, abriéndose el traje verde olivo para responder una pregunta o apuntando con el índice en un discurso de emociones; otros lo miran dejando que un niño juegue con su barba o que una paloma haga de su hombro un refugio cálido.

Ahora, viajando con él a tantos riesgos o anécdotas conmovedoras, empinamos las cejas y abrimos los ojos inevitablemente, nos admiramos de la fecundidad de su tiempo, seguimos descubriendo el torrente que desprenden su rombo, su nombre y su historia toda.

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