Bayamo y su demorado título de ciudad

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Por Aldo Daniel Naranjo (Historiador) y Osviel Castro Medel | 6 noviembre, 2016 |
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Paseo bayamés General Calixto García FOTO/ Luis Carlos Palacios
Paseo bayamés General Calixto García FOTO/ Luis Carlos Palacios

Bayamo, como se sabe, fue fundada como villa el 5 de noviembre de 1513.  Sin embargo, no son muy conocidos los detalles que la convirtieron oficialmente en ciudad. Sí, porque no fue hasta el 23 de junio de 1837, por decreto firmado por la reina española, María Cristina de Borbón, en que Bayamo ganó ese título… aunque no lo recibió inmediatamente.  Llegó a ese rango  muchos años después que varias villas nacidas en los tiempos fundacionales de la colonia.

¿Por qué la segunda población surgida en Cuba a la usanza española demoró tanto en obtener su título de urbe? ¿Quién le engavetó o  demoró ese diploma? ¿Fue la tardanza un castigo de la metrópoli?

Las respuestas a esas incógnitas resultan polémicas.  Algunos, como el propio historiador de la ciudad, Ludín Fonseca, manejan la idea de que a los bayameses no les interesaba mucho entonces recibir ese pergamino.

“Seguir manteniendo la condición de villa era quizá mejor para muchos de sus pobladores  porque así las autoridades españolas reconocían implícitamente la diferencia con otros asentamientos que en hipótesis habían subido de categoría”.

Fonseca acota que en los primeros tiempos de colonización Bayamo no recibió el “cartelito”, como otras poblaciones, por cuestiones de movimiento.

“Se ha dicho que fue por rebeldía pero en aquella época los clamores independentistas estaban demasiado distantes y hubo varias peticiones de cambiar la villa de lugar, aunque después no se hicieron realidad”.

Pero acaso eso solo fue al principio. Ciertamente las razones de tanta demora  son oscuras y necesitan estudiarse con detenimiento. Resultó paradójico que Holguín, un “desprendimiento” de la capital del Valle del Cauto, recibiera su título en 1751, 86 años antes que Bayamo.

También  llama la atención que en 1819 y en 1833, respectivamente, Jiguaní y Manzanillo, nacieran como villas desgajadas de ese  gran tronco bayamés.

Tal vez el poder colonial en ese momento pretendía  restar influjo  económico y político a Bayamo y segregar su vasto territorio. Recordemos que mencionar este nombre en aquellos tiempos implicaba hablar de un área de influencia inmensa, extendida hasta Las Tunas,  Holguín y parte de las actuales costas granmenses.

De hecho, con el nombramiento de villas y ciudades a su alrededor, Bayamo quedó como un espacio pequeño, con una estrecha salida al mar por la banda del río Cauto.

En más de una ocasión los vecinos de este lugar, probablemente “heridos”, solicitaron el título de ciudad pero las negativas primaron. De seguro uno de los capítulos que aceleró la expedición del pergamino estuvo relacionado con la no muy divulgada revuelta de septiembre de 1836, cuando unos cuantos liberales bayameses, demostrando su espíritu contestario, apoyaron la  resolución del gobernador de Oriente, brigadier Manuel Lorenzo, de poner en vigor la Constitución de 1812, la cual otorgaba al pueblo “la libertad de expresión, de imprenta y de sufragio universal”.

Es fácil adivinar lo que expresó en La Habana el Capitán General, Miguel Tacón,  al enterarse de estos proyectos en un sitio del Oriente cubano ya  “fichado” por la corona española. “Disuélvanme a esos pendencieros”, dijo quizás.

Así pasó. En diciembre de 1836, algunos esclavistas y conservadores, apoyados por el Regimiento de León, irrumpieron en el ayuntamiento y pusieron presos a las autoridades y todos los implicados.

Días después, el 12 de enero de 1837, previo desembarco en Manzanillo, tropas realistas de la corona pisaban las calles de Bayamo y designaban como gobernador al teniente Francisco Fernández.

Se pretendía dar un escarmiento, demostrarle a esta región del país –donde antaño fue apedreado Pánfilo Narváez por los indígenas y que sirvió de inspiración a la obra literaria Espejo de Paciencia,  que sus ánimos rebeldes serían ahogados a cualquier precio.

Como colofón de esas lecciones Miguel Tacón ganaba, en un hecho de muy pocos precedentes, los títulos de Marqués de la Unión de Cuba y Vizconde de Bayamo.

LLEGÓ EL TÍTULO

Las aparentes coyunturas favorables a  España en la primera mitad del XIX fueron aprovechadas por unos cuantos ciudadanos para reclamar de nuevo el título de ciudad para Bayamo.

Por fin, el 23 de junio de 1837 la reina regente María Cristina, con la intención de premiar la lealtad de los conservadores que actuaron contra el movimiento de Manuel Lorenzo, firmaba un decreto que en una de sus partes subrayaba:

“Primero: el timbre de siempre fiel que disfruta la expresada Isla se ampliará dándole en lo sucesivo el dictado de siempre fiel y real Isla de Cuba.

“Segundo: la villa de Bayamo llevará en lo adelante el timbre de leal ciudad de Bayamo.

“Tercero: los pueblos de Manzanillo, Jiguaní, Las Tunas y Guisa tendrán en lo sucesivo el título de fiel pueblo de Manzanillo, fiel pueblo de Jiguaní, fiel pueblo de Las Tunas y fiel pueblo de Guisa”.

No resulta difícil entender que los adjetivos agregados a los títulos representaban ofensivos para personas de pensamientos separatistas. Llegaban, en cambio, a un status de privilegio nominal. Y en el caso de Bayamo, que a la sazón tendría unos siete mil habitantes, representaba cambios en la composición del cabildo.

Mas el referido mandato no se cumplió enseguida.

Siguió el tortuoso camino de la burocracia española en instantes de la conclusión de la guerra carlista en la Península y de marcadas diferencias entre la reina y el general progresista Baldomero Fernández.

Luego de varias solicitudes, el 27 de junio de 1839, una Real Orden  daba plazo de seis meses para cumplir con las disposiciones emanadas de Madrid. Pero en esta se exponían varias condiciones. Una de ellas: la ciudad  debía  satisfacer un servicio pecuniario (dinero en efectivo).

Los bayameses, en sus comunicaciones para que el pergamino se hiciera firme, no hablaban de pago alguno. Conocían que durante la guerra de independencia en Perú y Nueva España algunos pueblos recibieron la gracia de “muy nobles” y “leales” sin tener que satisfacer ningún arancel. Ellos buscaban un trámite similar.

Después de discusiones y reclamaciones constantes de los vecinos, deseosos de pagar lo menos posible, la Cancillería de Indias dictó, el 11 de octubre de 1841, que Bayamo no adeudaba servicio pecuniario, pero sí debía abonar una cantidad por haber recibido la denominación de “leal ciudad”.

Así, en las elecciones del cabildo del 1 de enero de 1842, en un ambiente de alegría, los pobladores proclamaron formalmente el añorado título.

Desde ese momento la población tendría dos alcaldes, dos tenientes de alcaldes, cuatro regidores perpetuos y cinco electivos, un síndico general y un secretario.

LEAL A CUBA

Esto aconteció, no menos. Nada de un nombramiento en que se reconocía un Bayamo “noble y fiel”. Se le adicionó la palabra “leal” por presiones incontables.

El tiempo demostraría que esa definición no le sirvió jamás. Como tampoco les cupieron a Guisa, Jiguaní y Manzanillo los epítetos plasmados en el decreto de la reina, firmado hace 169 años.

De estas tierras saldrían muchos de los guerreros y heroínas más admirables de toda la nación. Saldrían los que fueron nobles, leales y fieles a la causa de Cuba, jamás a la causa de los colonizadores.

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