Birán, cuna de un revolucionario ilustre

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Por Yelandi Milanés Guardia | 13 agosto, 2017 |
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Quizás una estrella fugaz alumbró el firmamento de Birán aquel 13 de agosto de 1926, como místico anuncio de la llegada de un niño llamado a ser grande y a marcar indeleblemente la historia de Cuba y  del mundo.

Nacía el tercer hijo de la familia Castro Ruz y por sus venas no solo correría la sangre de sus progenitores, sino el aire de selva y monte de aquel lugar enigmático donde vino al mundo.

Fidel Alejandro se llamaba ese pequeño que disfrutaba de los árboles, los animales, el río y el ambiente natural de Birán.

Allí jugó con niños negros y blancos, ricos y pobres y a más de uno regaló algo importante, porque sufría amargamente las diferencias de aquellos años y por eso luchó contra esas divergencias toda la vida.

En el mencionado paraje asistió por vez primera a una escuela, aunque poco tiempo después lo enviaron a Santiago de Cuba a incrementar su nivel de instrucción.

En la tierra indómita tuvo sus primeras manifestaciones de rebeldía ante injusticias cometidas contra él y sus hermanos, lo cual denotaba una de las características que en un futuro lo distinguirían.

Años más tarde viajó a La Habana y prosiguió los estudios. Allí se encaminó en el Derecho, pero la ciudad nunca lo hizo olvidar su amado terruño, el cual disfrutaba a plenitud en cada una de sus vacaciones.

Luego vino el Moncada, la prisión, la creación del Movimiento 26 de Julio, el desembarco del Yate Granma y la lucha en la Sierra, pero en cada momento de paz y tranquilidad no dejaba de pensar en sus viejos y por eso las cartas eran un medio para desahogar la tristeza de haberlos dejado en aquel rincón, pero una empresa mayor ya conducía inevitablemente su vida.

Triste fue el día de la noticia de la muerte de Ángel Castro, de quien heredó la fortaleza, la perseverancia, la entereza y la consagración absoluta a cada tarea.

Infinitamente alegre fue el reencuentro, en medio de la lucha, con su madre Lina Ruz. Aquel día volvió a llenar los pulmones del aire de Birán, y sus ojos de  nuevo quedaron prendados de aquella maravillosa naturaleza.

Luego vino el triunfo revolucionario y sus disímiles cargos y responsabilidades en la dirección del Estado hasta el 2006, pero cada visita a su terruño lo marcaba sentimentalmente, porque era como un retorno a sus raíces.

Lamentablemente hoy no está físicamente entre nosotros, y aunque sus restos reposen en Santiago de Cuba, en su tierra natal pervive su espíritu, porque él es sin dudas, el hijo ilustre más grande de Birán.

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