Brasa gloriosa

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Por Luis Morales Blanco | 3 noviembre, 2015 |
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Carlos Manuel de CéspedesA nuestra ciudad de más cinco siglos, le cantó Silvestre de Balboa en el  primer poema épico-histórico de las letras cubanas,  Espejo de paciencia. El hecho recreado ocurre en el poblado de Yara; el desenlace es el rescate del obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano en el puerto de Manzanillo, cuando los bayameses decidieron enfrentar a los secuestradores.

Un fragmento del mismo  ensalza a  Bayamo y a Salvador ¿será  casualidad? un “negro criollo honrado”, que formó parte de los  rescatadores del religioso, de las garras del corsario francés Gilberto Girón en 1604.

“Y tú, claro Bayamo peregrino, / Ostenta ese blasón que te engrandece; / Y a este etíope, de memoria dino, /Dale la libertad pues la merece. /De las arenas de tu río divino / El pálido metal que te enriquece
/Saca, y ahorra antes que el vulgo hable, /A Salvador el negro memorable”.

Casi todos los escritores o poetas nativos o foráneos que han tomado a Bayamo como fuente de inspiración lo han hecho aludiendo a la belleza de su río, a su añosa y enrevesada villa,  donde cada  callejuela, fachada, senda   o pedrusco puede atesorar un trozo de historia.

También exaltan la proverbial hermosura de sus mujeres, no exentas de la fiereza y rebeldía  heredadas de patriotas  que no se doblegan.

Pero  lo que pudiera constituir  en algunos un leitmotiv o en otros un tópico literario, está  en su faceta numantina.

O sea, el sacrificio de personas y de haciendas protagonizado por sus hijos para que el 12 de enero de 1869  la villa no cayera en manos españolas, ratificando  una acción  similar a la de Numancia, cuyos pobladores decidieron calcinar la ciudad  antes de entregarla a las legiones romanas, en el año133 a.n.e.

No escapa a la tentación el virtuoso y controvertido intelectual Jorge Mañach,  nacido en Sagua la Grande, quien conoció el Bayamo de 1923, según revela su coterráneo Adrian Quintero.

La crónica  se denomina La villa taciturna y heroica y comienza con una pregunta requiriéndola como vocativo: “Bayamo… ¿recordáis aquella página augusta?”  Luego evoca a Céspedes: “Y en una mañana de sol llega Carlos Manuel (como por aquí aún le llamamos) encendido de fervor, a Bayamo; a las puertas y ventanas de heroico sino, asomaron mil ojos para admirar su catadura”.

La quema es reseñada  con prosa llena de  emoción: “Amagada de punitivas represalias, Bayamo se convirtió, por la mano de sus propios hijos, en una brasa gloriosa. Aquí están las ruinas todavía. A la vista de ellas, el ánimo se encoge con una melancolía reverente y medrosa, como la que se siente ante el definitivo y enorme misterio de las viejas tumbas. (…)  Si hubiese razones, para la multitud al menos, no ha de desvirtuarse el ejemplo lírico de tu gesto numantino.

“En  Bayamo, tuvo lugar nuestra primera gran lección de sacrificio patriótico”.

Tan prolífica es la obra  en torno a la Ciudad Monumento Nacional que casi exige la enumeración onomástica: alaban sus virtudes próceres-poetas  como Céspedes, Martí, José María Izaguirre, José Joaquín Palma, Juan Clemente Zenea… bardos  de ayer,  del presente y, si de las actuales generaciones depende, también lo harán  en el futuro.

Pero rechazo lo obvio y como en el caso de  la crónica de Mañach prefiero lo insólito: dos hombres nacidos allende la corriente que acaricia la ciudad, pero que aquí amaron, crearon y enraizaron.

José Ernesto Aguilera, figura relevante en las idas Fiestas del 6 de enero, en sus cinco libros publicados y cerca de una veintena inéditos reflejó con verso hermoso y tierno el patriotismo,  la  beldad y donaire de las bayamesas y llegó a recibir del gran Navarro Luna el apelativo de Cantor de las reinas de Reyes.

Al otro, José Carbonell Alard,  más conocido por su sólida labor de cronista, podría bastarle un solo texto, Campanario, para reflejar  realizaciones, amores, nostalgias…

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