Cangamba siempre en la memoria de Peraza

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Por Orlando Fombellida Claro | 3 agosto, 2020 |
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Coronel (r) de las FAR Fidencia González Peraza, Héroe de Cangamba y de la República de Cuba FOTO/Rafael Martínez Arias

Al escuchar las cercanas explosiones de obuses, los combatientes despertaron despacio y uno de ellos masculló: qué temprano comienzan hoy la fiesta esos hijos de puta; respiró profundo y sintió denso el aire dentro del refugio.

Tendido aún en el duro suelo pensó cuánto le gustaría levantarse, cepillarse los dientes con bastante crema dental, bañarse aunque fuera con un cubo de agua y un jarro, todo el cuerpo o de la cintura para arriba, afeitarse la hirsuta barba que lo hacía parecer un bandido y tomar a continuación medio vaso de café bien caliente y escaso de azúcar. Soñar, se dice, no cuesta nada.

Sobre aquel amanecer y el resto del día, el entonces teniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) Fidencio González Peraza, escribió: Cangamba 2-8-83. A las 05:55 h comenzó el fuego de infantería al SO. A las 14 horas llegó la aviación nuestra que comenzó a atacar las posiciones enemigas.

Aunque han transcurrido 37 años, el ahora coronel (r) Fidencio González Peraza recuerda con nitidez aquella alborada:

“Ese día nos atacan desde temprano, como era habitual, pero el ataque no se parecía en nada a los anteriores -en que lo hacían con seis, ocho 10 y hasta 15 piezas de distintos calibres y a los que ya nos habíamos acostumbrado-, empleaban decenas de piezas de artillería y morteros, y así fue durante la jornada completa y toda la batalla”.

Un diálogo de periodistas granmenses con él, a la sombra de una florecida enredadera en el patio de su casa, en el reparto Tamayito, en Bayamo, deriva de manera inevitable hacia la batalla en la cual fue uno de los protagonistas, la de Cangamba, del 2 al 10 de agosto de 1983.

Al cabo de dos meses de sostenido hostigamiento, fuerzas de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (Unita), inician a principios de agosto de 1983 una ofensiva contra la aldea de Cangamba, en Angola, con el propósito de tomar esa posición que les facilitaría la posterior ocupación de la ciudad de Luena, en la cual Jonas Sabimbi, fundador de la Unita, apoyada por el régimen racista de la Unión Sudafricana, tenía previsto proclamar su República Negra.

“El plan de ellos es tomar aquello, hacer prisioneros a los ochenta y dos cubanos que hay allí y llevárselos para hacer el intento de obligar a Cuba a negociar directamente con la Unita, sin la participación del gobierno angolano”,  señaló al respecto el actual General de Cuerpo de Ejército y ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, Leopoldo Cintra Frías.

Según documentos consultados el lugar era defendido por una agrupación formada por alrededor de 818 efectivos de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (Fapla) y 92 asesores cubanos, que no poseían armas antiaéreas ni artillería pesada, por tratarse de una fuerza ligera de lucha contra bandidos, sobre la cual cayó un arsenal de fuego compuesto por 16 batallones irregulares, seis baterías de artillería, morteros de 60, 81 y 120 milímetros y cohetes tierra-aire.

La arremetida duró diez días y llegó un momento en que los sitiados quedaron concentrados en el reducido espacio de 150 metros de largo por 50 de ancho.

Al frente de la tropa se encontraba el oficial Fidencio González Peraza, quien ya había cumplido la misión militar en el país africano y se preparaba para regresar a su patria.

“Yo había entregado el mando –cuenta Peraza- hacía un mes, pero cuando la situación se pone tensa lo reasumí. El reglamento dice que en esas circunstancias asume el que más responsabilidad tiene.”

La actitud de aquel grupo de hombres, entre ellos 18 jóvenes del Servicio Militar, fue heroica. Resistieron la embestida de fuerzas superiores en número y armas, la escasez de agua y comida hasta la llegada de refuerzos que provocó un giro en la situación.

VEÍA DOBLE

Cuenta Peraza –así le dicen los conocidos- que nació el 16 de noviembre de 1939 en el barrio San Esteban, en Bayamo, en casa toda de guano y piso de tierra, su mamá era ama de casa y su padre trabajador agrícola.  Es, precisa, uno de los menores entre ocho hermanos.

“Éramos pobres de andar descalzos. No es que yo lo diga, todo el barrio sabe que de todas las familias pobres de San Esteban, la nuestra era de las que vivía en la mayor miseria.

“Muchas veces por la tarde en la casa no se comía. Recuerdo que mi abuela era especialista en elaborar verdolaga. La hervía, luego, si había huevo le echaba y la pasaba por manteca. El hambre hacía que me gustara aquello”.

Durante la batalla de Cangamba volvió a sentir hambre, al punto de ver doble los objetos. “Realizábamos una sola comida al día, que a veces era una cucharada de arroz y otra de azúcar, en las manos, añadiéndole media mandarina de dos matas que había allí cargadas de frutas, pero ningún combatiente iba a coger por su cuenta, había mucha disciplina consciente”.

Añade que el agua era distribuida a razón de la contenida en una tapa de cantimplora, dándole prioridad a los heridos y enfermos.

“Cerca de donde estábamos había una ciénaga llorosa, lo que tenía era fango, por las noches combatientes angolanos iban y traían (lodo) en sacos y cubos, lo filtrábamos a través de tela de gasa y el poquito de agua que salía la tomábamos.

“También había unas matas de plátano y a un compañero se le ocurrió cortarlas en trozos y distribuirlos para saciar la sed”.

JUNTO A LOS MUERTOS

Peraza rememora que en una ocasión, al regresar de una reunión del mando y la dirección del Núcleo del Partido Comunista de Cuba, es sorprendido por un violento ataque enemigo, por lo que entra al refugio donde estaban los cadáveres de los caídos en combate, acostándose a su lado. “Al mirarlos me dio por pensar que sus familiares y los míos no se imaginaban aquella escena”.

“Un día me puse a recordar a los muchachos míos que han caído, cubanos y no cubanos, y comencé a llorar, solito en mi casa”.

-¿Qué es lo primero que se proponían hacer usted y sus soldados cuando finalizara la batalla de Cangamba?, pregunta a nuestro anfitrión una joven profesional de la prensa.

Él sonríe y responde, “muchas cosas en apariencia sencillas, pero lógicas en aquella situación. Recuerdo que un compañero dijo que lo primero que haría era tomarse, sin parar, una lata de agua de esas de un galón de capacidad, y otro, meterse un día entero en el río más cercano.

-¿Lo hicieron?

-No, como medida de protección el Mando Superior ordenó mantenernos en el lugar hasta que fuéramos evacuados.

EL PEOR MOMENTO

Alguien pregunta a Peraza si recuerda algún otro acontecimiento en que sintió cercana la posibilidad de perder la vida.

“Un día –narra- íbamos en un (avión) AN-26 a cuatro mil pies de altura y el enemigo nos disparó un cohete antiaéreo que impactó la nave y dañó el motor. Hubo siete heridos dentro del avión, el cual estuvo ardiendo 10 minutos en el aire.

“Llevábamos como nueve enfermos, la mayoría heridos por minas, entre ellos una muchacha angolana que la había desgarrado un león de esos que aparecen en películas. Volaron una o dos ventanas del avión, que tendía a bajar, no tenía potencia para trepar y nos quedaban 20 minutos de vuelo.

“Al llegar al aeropuerto de Luena el piloto trató de sacar el tren de aterrizaje y no salió. Dio una, dos, tres vueltas y nada; aquello era terrible, la decisión ya era tirarse de panza, cuando por medios mecánicos lograron sacar las ruedas. Esa situación es tan difícil que usted se queda como está, como si fuera una estatua.

“Cuando el avión deja de arder todo el personal quería venir para la cabina, entonces me atravieso en el pasillo y llamo al orden, como conozco un poco el portugués ordené que fueran a sus lugares. Los enfermos se bajaron más rápido que los sanos.”

PLOMO EN EL CUERPO

Peraza tiene en su cuerpo un proyectil, alojado entre la columna vertebral y un riñón, pero no lo recibió en Cangamba, sino en Baracoa mientras combatía a alzados contra la Revolución Cubana. Nunca ha querido que se lo remuevan, lo lleva como trofeo.

HEROE

Convocado por el jefe del Ejército Oriental en ese momento, Ramón Espinosa, Peraza se presenta, acompañado por su esposa Belkis Pérez Barrero, en Santiago de Cuba, el 1 de enero de 1989, con un viejo uniforme, sin saber que era para ser condecorado con el título honorífico de Héroe de la República de Cuba, problema solucionado mediante el intercambio de chaqueta y gorra con un integrante de la Banda de Música presente en la ceremonia.

“También llegué allá –dice- pelú y despeina`o, pedí un peine y cuando terminé de peinarme me llevaron para donde estaba el Comandante en Jefe, quien al pararse frente a mí me pone una mano en un hombro y dice:-¿Te acuerdas de los días aquellos de Cangamba, que no dormíamos? -Sí Comandante me recuerdo –le contesté –entonces Fidel añade: – Ahora tú eres el hombre más feliz del mundo –y me abrazó.

EL NUEVO FRENTE

Tras pasar a retiro y desempeñar responsabilidades en la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, en Granma, Fidencio González Peraza se dedica a la crianza de cerdos y cultivo de caña de azúcar, convencido de que la producción de alimentos es su frente de combate actual, pero está listo, asegura, para empuñar el fusil si es necesario.

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