Un canto de gargantas juntas

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Por Osviel Castro Medel | 20 octubre, 2019 |
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FOTO Luis Carlos Palacios Leyva

Pocas leyendas nuestras aprietan tanto el pecho como la del poeta guerrero entrando al centro de la plaza con su caballo, que echaba “sangre por los ijares y espuma por la boca”, para después sacudir a una ciudad con la revelación de un himno escrito desde el alma.

A 151 años, todavía parecen encenderse los ojos de Perucho redactando con un pie cruzado sobre el corcel mientras la multitud le pide a gritos una letra que traspasaría el almanaque.

¡Cuánto se habrán inflamado las venas del cuello y del cuerpo cantando a voz rajada y a cielo abierto la hermosa marcha guerrera, tan solo a 10 días de haberle avisado al mundo que queríamos ser nación ardiente y no sábana tendida para amos extranjeros!

No interesa a esta hora si fue sobre una montura humeante, llena de pólvora de la batalla recién ganada, que aquel patriota compuso La Bayamesa –hoy inmortal- o si la elaboró antes, como se supone, en los fragores conspirativos contra España.

A fin de cuentas, lo que nació ese 20 de octubre de 1868 sobrepasó la coyuntura de un coro colectivo cantando palabras de clarín,  muerte gloriosa y bayameses sin miedo.

Ese día, zafados por primera vez los grilletes de la metrópoli, derrumbado el cartel de “Plaza Isabel II” y cambiado por el de “Plaza de la Revolución”, nació un emblema con numerosos costados sagrados, que comienzan por el concepto de libertad suprema, uno que deberíamos cuidar como nuestros ojos mismos.

Ese día, convertida Bayamo en algarabía mambisa después de la fiesta del machete, ondeando la bandera en manos de Canducha –precisamente la hija del compositor-libertador-, empezó a tejerse el sueño de una Cuba de todos, con gargantas juntas, cantándole al fuego de la vida, del sacrificio y de la patria.

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  1. Los cubanos nos enseñan a los latinoamericanos a sobreponernos a nuestro sometimiento, con educación del pueblo y todos a una voz desterrados el atraso