Carlos Casasayas: El amor que marcó al novelista

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Por Zeide Balada Camps | 27 enero, 2016 |
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Varias veces había escuchado sobre él, pero mi timidez de adolescente y el estupor de tener delante a un escritor de verdad, me detuvieron. Al pasar frente a su casa, en Jiguaní, lo veía sentado en la sala cuando ya el tiempo había pintado de nieve sus cabellos.

Carlos Casasayas Comas sigue agigantándose ante mí, y aunque no pude conocerle personalmente, pues la muerte fue mucho más veloz, quedan, por suerte, las vivencias de quienes lo tuvieron cerca en diferentes momentos de la vida; ellos devuelven la imagen de un hombre cabal, de firmes principios, exigente y de amplia cultura.

Nació en San Germán, Holguín, el 25 de enero de 1926, pero fue Jiguaní, municipio de Granma, la tierra que amó con desmesura, donde vivió casi todos sus días y cultivó su narrativa.

Conocía las exigencias del oficio de escritor, decía que no podía pasar un día sin completar, al menos, una cuartilla. Algunos principiantes del pueblo le temían, porque, eso sí, era estricto, pero incapaz de negar la ayuda, máxime si se trataba de brindar cuanto sabía.

Fue así como Delis Gamboa, en su afán de hacer literatura, lo buscó, y encontró a un maestro y amigo. Con el tiempo, otros jóvenes se sumaron, y Casasayas se convirtió en el mecenas de Hacedor, el actual grupo de narradores de Jiguaní.

Hasta ese momento, en la comarca solo el autor de La casa de los anales se había consagrado a la escritura, pero él tenía fe en la semilla plantada en los nuevos bisoños.

La historia constituía otra de sus pasiones, por eso devino investigador acucioso de los sucesos locales; no pasaba inadvertido, era polémico por naturaleza; desdeñaba lo mal hecho y no dudaba en señalarlo. Nunca salió de su terruño en busca de fama. Su talento le bastó.

Las tres obras publicadas y escritas en estilo barroco fueron suficientes para entrar por la puerta ancha en el arte de las letras aunque, al decir de sus familiares, otras tantas novelas continúan inéditas en el mismo cajón donde las guardaba.

Pero su labor no solo se circunscribió al ámbito creativo, también fue fundador y director de dos importantes instituciones culturales, como la Casa de la cultura y el Museo municipal; además, su aporte llegó a varios proyectos de la Revolución.

De su físico llamaba la atención sus grandes ojos verdes y la prominente nariz, que a él, según su hijo, “le enorgullecía y estaba dispuesto a cualquier contingencia en caso de algún chiste en alusión a esta”.

Hoy, cuando muchos evoquen su memoria, de manera jocosa o solemne, no faltarán las anécdotas, los méritos y las acciones, que estuvieron motivadas por un profundo sentido de responsabilidad, honradez y el amor a su Jiguaní.

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