Celestino y el tanque de los milagros

El buzo lo es hasta que se demuestre lo contrario.                                                                                                                                        Anónimo.
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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 5 diciembre, 2021 |
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Caricatura tomada de Internet

Érase una vez un hombre llamado Celestino Maravilla, que recolectaba latas, botellas y cartones extraídos de los depósitos comunitarios y rectangulares de color azul , para luego venderlos en la tienda recuperadora de materia prima.

Vestía overol gris, camisa sin mangas, tenis descoloridos  y enanchados por el dueño anterior, nasobuco y un pedazo de alambrón empleado como arpón, cuando en una de sus inmersiones  encontró un centavo:

-¿Qué me compraré?-meditó y al percatarse de que esa expresión correspondía a la Cucarachita Martina, lanzó al vacío la moneda, dejó caer el saco sobre la hierba mojada y como buzo experimentado volvió a la carga.

Entraba y salía de aquel mar revuelto solo para depositar en el bolso la captura del momento: un aspa de ventilador, tres laticas de cerveza Cristal, dos botellas de ron Pinilla, un caldero de aluminio…

Respiró un poco de aire puro y volvió a la inmersión, movía el gancho auxiliar de un lado al otro del colector, hasta que un  sonido metálico advirtió la presencia de otra presa:

-¿Una lámpara de aceite?-dijo y comenzó a frotarla hasta que de su interior brotó un duendecillo similar al cuento de Aladino:

-Soy el genio de la lámpara, pide un deseo y serás obedecido-indicó con voz tenebrosa el recién aparecido.

-Bueno…por el momento tráeme cigarros-solicitó Celestino y el genio aclaró:

-Me parece que no podré complacerlo, señor, la cajetilla está a 120 pesos en el mercado informal y no aparece, le sugiero tabacos, al final es lo mismo y más barato, solo tiene que esperar que retorne de la bodega- y allá se fue.

-Le corresponden dos por persona-expuso la dependienta y agregó-¿Trajo la libreta?. El genio frunció el seño: enojado, silencioso y desapercibido retornó a la profundidad de su habitad.

Pasaron horas y “el buzo”, cansado de esperar volvió a frotar la lámpara:

-Debe ser que la cola para los tabacos está inmensa-pensó y prosiguió su faena.

El sol caía con fuerza sobre la ciudad y el genio brillaba por su ausencia, Celestino  retomó la lámpara entre sus dedos y murmuró:

-No pienses que te echaré aceite como en el cuento original, el litro está demasiado caro y esta versión lleva ese líquido,

Celestino Maravilla secó el sudor de su rostro, cruzó la calle en busca de sombra, colocó la lámpara sobre sus piernas, comenzó a friccionarla intensamente y cuando no pudo más la golpeó como a los televisores Krim 218.

Un destello de humo brotó del recipiente y tras él un simpático cartelito amarillo escrito con letras negras:

Por favor no moleste al genio, ¡es hora de almuerzo!

Cuentan los vecinos que aquel hombre de overol gris y camisa sin mangas solo detuvo sus maniobras ante la esperada alerta:

-¡Vecinos, llegaron el aceite y los cigarros a la bodega!

El genio sacó la cabeza por el orificio mayor de la antigua lamparita:

-¿Qué dijo?-preguntó.

-Te aclaré que esto es una versión moderna y tú no llevas aceite-precisó Celestino lanzándola al tanque de los milagros.

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