Celia Sánchez, fuente de sensibilidad y amor

Share Button
Por Yasel Toledo Garnache | 9 mayo, 2017 |
0

Era 9 de mayo de 1920, y la familia Sánchez Manduley, en el poblado costero de Media Luna, esperaba el nacimiento de una pequeña, a quien llamó Celia Esther de los Desamparados, la cual, poco a poco, alcanzó una altura inimaginable. 

Fotos de sus primeros años revelan un lindo rostro infantil de tez blanca, y hermosos ojos negros, con el cabello oscuro y ligeramente ondeado.

Ella sobresalía por sus travesuras, inteligencia y sensibilidad, quien mantuvo incólume la bondad de auxiliar a los necesitados hasta cuando su corazón dejó de latir el 11 de enero de 1980, para tristeza de todo un pueblo.

Varios investigadores resaltan las influencias de los padres en su formación: el doctor Manuel Sánchez Silveira, de ideas liberales avanzadas y la madre, Acacia Manduley Alsina, siempre alegre, cordial y bondadosa, quienes fueron fuentes de buenos modales y sentimientos admirables.

Según cuenta Pedro Álvarez Tabío en su libro Celia, ensayo para una biografía, durante su adolescencia era bellísima, y el grupo de amigas era conocido como “los pavitos”, expresión de la época aplicada a las muchachas jóvenes y bonitas en Manzanillo, donde también residió.

En ese lugar recibió serenatas e intentos de conquistas, en especial de Salvador Sadurní, quien le cantaba El día que me quieras o Celia, tango que compuso para ella.

La joven gentil y servicial, amante del béisbol y seguidora del equipo Almendares, adquirió madurez política con el transcurso de los años. Recibió fuertes influencias del quehacer revolucionario de Antonio Guiteras y, luego, de Eduardo Chivás.

Páginas impresas aseguran que, por su importancia para los guerrilleros en la Sierra Maestra, en abril de 1957, Raúl Castro le escribió: “Tú te has convertido en nuestro paño de lágrimas más inmediato y por eso todo el peso recae sobre ti; te vamos a tener que nombrar Madrina Oficial del Destacamento”.

El 15 de junio de 1957, Fidel aseguró: “Tú y David (Frank País) son nuestros pilares básicos. Si tú y él están bien, todo va bien y nosotros estamos tranquilos”.

Recuerdo mis primeras visitas a su casa natal, actual museo, en Media Luna. Me detenía ante cada foto y otros objetos, algunos de los cuales pertenecieron a ella. Imaginaba a la niña, a la hermosa joven, a la mujer excepcional y me sentía más orgulloso por haber nacido en el mismo territorio que ella.

Mi mamá, admiradora de Sánchez Manduley, una de las más fieles ayudantes de Fidel Castro, me contaba que tenía la esperanza de que yo naciera en la misma fecha de la heroína, aunque con una diferencia de 70 años, y casi el deseo se convirtió en realidad, pero salí a la luz apenas unas horas antes, la noche anterior.

Cuando niño, muchas personas mayores me hablaban de ella y su amabilidad, de su interés en ayudar siempre al pueblo, como una hermana grande o una madre que deseaba siempre el bien.

Escuché anécdotas, leí artículos y libros sobre ella, y así me formé como mejor revolucionario, siempre fiel a sus ideas y a las esencias de la nación.

La sede universitaria donde estudié, en Holguín, tiene su nombre, ese era y es otro motivo de orgullo, por eso me esforzaba más en el aula, en los eventos estudiantiles, en la radiobase… y en cualquier tarea, algo que todavía hago con pasión.

Celia, atractiva y juguetona, amante del cigarro y el café, del mamoncillo, la ciruela criolla, el tamarindo y el mango, cumplió importantes misiones en el abastecimiento de la guerrilla y luego se convirtió en combatiente directa.

Participante activa de los momentos más trascendentales de las primeras décadas del período revolucionario, gracias a su dedicado trabajo en la salvaguarda de los documentos de la lucha, fue posible la fundación de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado en 1964.

La creación del batallón femenino Mariana Grajales, que operaba en la zona de La Plata, llevó mucho de su empeño y ejemplo de que las mujeres cubanas también podían ocupar posiciones de combatientes guerrilleras. En Granma, provincia de gran historia, donde vivió y soñó, gravitan su imagen y acciones como símbolos de valor, inteligencia y capacidad organizativa.

Ella es como flor autóctona que crece con cada triunfo, reto y gesto solidario. Su legado de mujer, cubana, luchadora, martiana, fidelista y comunista camina en la eternidad.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *