El Che que inmortalizó a Ernesto

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Por Yelandi Milanés Guardia | 8 octubre, 2019 |
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Quizás cuando sus padres lo bautizaron con el nombre de Ernesto no imaginaron que al hacerse un ícono de la lucha guerrillera en Latinoamérica, prescindiría de su nombre para ser reconocido y apodado con el famoso sobrenombre del Che.

A pesar de los diferentes motes atribuidos en sus primeros años de vida y en su adultez, en cualquier latitud del mundo su figura es conocida por el más trascendental, seudónimo con el que lo comenzaría a llamar Ñico López en 1954, por el uso excesivo que hacía el argentino de esa palabra típica del dialecto rioplatense.

Es este uno de los ejemplos de cómo una persona puede perder su nombre de dimensiones comunes para adquirir otro con visos de inmortalidad, con el cual relega a un segundo plano el sustantivo propio con que sus progenitores quisieron distinguirlo de sus semejantes.

Che fue haciéndose para Cuba y para el mundo un apelativo cada vez más común y sinónimo de valentía, humildad, consagración, fidelidad y entrega sin límites a la causa libertaria y a los demás.

Para muchos escuchar la presencia de quien llevaba ese mote los hacía temblar de miedo por su desmedido coraje, y a otros les inspiraba fe en la victoria, por muy difíciles que fueran las circunstancias.

Y hasta dicen que cerca del lugar donde murió asesinado en Bolivia, hay quienes lo veneran como una deidad, pero de seguro no le piden al Dios Ernesto sino al Che, ese que de vez en cuando aparece ante el llamado de sus fieles y al cual solo imagino con la adarga en el brazo, y agitando -con el golpe de sus talones en las costillas- el trotar de rocinante.

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