Cinco veces en la zona roja

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Por Osviel Castro Medel | 12 junio, 2021 |
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Cuando se escriba la historia de los que pelearon contra la COVID-19 tendremos que dedicar páginas a personas que, en el esplendor de sus días, asumieron esa batalla con una responsabilidad asombrosa.

 

No podrán faltar, por ejemplo, anécdotas como las de Gilberto Antonio Cámbar Viamonte, un muchacho de apenas 26 años que ha laborado, desde diciembre de 2020 hasta hoy, en cinco centros de aislamiento de la Ciudad Monumento: en el campus 2 de la Universidad de Granma, las escuelas Rubén Bravo y Félix Varela, además de la Eide provincial, institución en la que estuvo dos veces.

Él subraya que en esas constantes estadías en áreas de peligro “hay que sobreponerse a los temores, cuidarse al máximo y cuidar a los demás”.

Gilberto se conmueve al hablar de la ayuda recibida por el personal de apoyo, especialmente de trabajadores del Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación  (Inder) y del sectorial de educación.  Y reconoce la incomodidad de los necesarios medios de protección, algo a lo que ya se ha ido acostumbrando pese a las elevadas temperaturas.

A este residente de Medicina General Integral, del policlínico 13 de Marzo, todavía le aletea en la memoria el día en que una abuelita de 82 años, antes de montar el ómnibus que la trasladaba de alta a la casa, “nos agradeció con lágrimas en los ojos y dijo que no había cómo pagar nuestro sacrifico”. Lo más hermoso es que después de sus sentidas palabras “los 16 pacientes que la acompañaban la siguieron con un fuerte aplauso. La emoción nos invadió a todos porque sabíamos que aunque nos toca atender a nuestros semejantes,  también comprendimos que lo estábamos haciendo bien. Eso fue una invitación a trabajar más y mejor”, expone.

Él dice que haber estado en la zona roja, atendiendo pacientes positivos, ha significado un crecimiento porque ha comprendido mucho más el valor de la vida y la importancia de no descuidarse ante una enfermedad que puede ser letal.

“Siendo sincero, nunca en la vida pensé que como médico me enfrentaría a una pandemia como esta,  pero como joven de este tiempo y con la imperiosa necesidad de ayudar a combatirla, no dude en alistarme”, acota.

Egresado en julio de 2020 de la Facultad de Ciencias Médicas Efraín Benítez Popa, de Bayamo, donde resultó mejor graduado en la esfera de Dirigencia y obtuvo la condición de Vanguardia Integral,  expresa hoy que muchas personas contribuyeron en su formación como profesional y dirigente estudiantil.

No podría dejar de mencionar, con el respeto a todos los demás,  a las doctoras Mónica García Raga, Maricela del Prado Salgado y Genni Ramírez Brizuela, tampoco a las licenciadas Noelia Pozo Ruiz, Carmen Mojena y Vivian Pompa González, mucho menos al doctor  Ramón Fernández Leyva o al máster Guillermo Salgado.

Gilberto no esconde su conmoción al hablar de su progenitor, Gilberto Cambar Aparicio,  fallecido hace 11 años. Además, menciona a su madre,  Ivis María, “quien es mi guía eterna”; a su novia, la doctora Darislenis Sánchez Saborit;  que ha estado con él “en  momentos muy complejos”, a su hermana, Yarelis; y a Wilber Gómez Silveira, el padrastro.

Durante varios años ha sido dirigente de la UJC y hoy es el secretario general de esa organización en el policlínico 13 de Marzo. Y asegura que asumió esta responsabilidad porque sabe cuánto puede aportar a la sociedad.

“Somos los jóvenes los que más debemos luchar, en todos los frentes, para echar adelante al país. Nunca me arrepentiré de haber estado en la primera línea de combate”, confiesa con sano orgullo.

 

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