Un combatiente granmense en tierras del Escambray

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Por Yelandi Milanés Guardia | 17 octubre, 2020 |
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FOTO Luis Carlos Palacios

Cuando al bayamés Juan Estrada Viamonte lo solicitan de comisión de servicio en el año 1959 para trabajar en la Granja Mártires del Moncada, ubicada en Las Villas y perteneciente al Instituto Nacional de la Reforma Agraria (Inra), no pasó nunca por su mente que por aquellas tierras añadiría un nuevo capítulo a su historial de combatiente revolucionario.

“En aquella época comienzan a organizarse los primeros batallones de milicias, y por mi experiencia en el Ejército Rebelde me enviaron a un curso de comunicador. Luego fui designado como jefe de comunicaciones del batallón 2750 de lucha contra bandidos (Lcb), que operaba en el Escambray, en cuyas filas me mantuve desde el año 1960 hasta el 1962.

“La primera vez que nos movilizaron fue para capturar a Esteban Tartabull, que operaba en Cienfuegos, Rodas y Hanabanilla. Después perseguimos a otro conocido como Campito, al cual le hicimos un cerco por la zona de Mataguá, en lo que hoy es Villa Clara, pero no lo cogimos porque recibió información de sus colaboradores y escapó a tiempo.

“La operación fundamental de nosotros se hizo en el año 1961 contra un comandante, un capitán y dos soldados del Ejército de Recuperación Revolucionaria, quienes aunque eran minoría hicieron mucho daño en la zona de Aguada de Pasajeros, Cumanayagua y La Hanabanilla. Aunque los capturamos en Cumanayagua (Cienfuegos), veníamos persiguiéndolos desde La Hanabanilla”.

Entre sus memorias más importantes destaca esta acción, pues al peinar la zona aparecieron los malhechores por el lugar donde estaba su pelotón, y entonces él se adelantó posicionándose a casi 10 metros de ellos, manteniéndolos pegados al suelo por temor a los tiros rasantes que escupía la subametralladora checa modelo 25 que portaba.

Interrogado sobre los contrarrevolucionarios de esa zona expresó que tenían mucho apoyo de los campesinos, en algunos casos por amenazas, engaños y en otros porque estos no simpatizaban con el proceso revolucionario.

“Por eso a veces cuando hacíamos un cerco no cogíamos a nadie, porque los nativos de esos lares les informaban sobre nuestras actividades a los bandidos, quienes además tenían túneles en las fincas que nos dificultaban encontrarlos”.

“La mayoría de los alzados en el Escambray se debían al Ejército de Recuperación Revolucionaria, por eso usaban un monograma con la bandera norteamericana, por lo cual respondían a intereses yanquis.

“Para abastecerlos la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el gobierno norteamericano les lanzaban en aviones alimentos, armas, dinero y medicamentos, los cuales a veces caían en nuestro poder.

“La calidad de sus armas era buena, por ejemplo, entre los cuatro que cogimos había dos que tenían un fusil  R-52, que era uno de los mejores de la época, además de una Thompson y una subametralladora como la mía, que deben haberla robado o quitado a algún combatiente.

“Una vez nos pasó algo curioso, y fue el día en que nos sirvió de guía el campesino que había delatado al agente Alberto Delgado Delgado, conocido como el Hombre de Maisinicú. Puedes imaginarte con este ejemplo la doble moral que tenían algunos.

“Unos lo hacían por miedo, porque les pagaban, los engañaban y otros porque odiaban el proceso social, político y económico que lideraba Fidel.

“Entre los objetivos de las bandas estaba luchar contra la Revolución y recuperar en Cuba las riquezas que muchos de ellos habían perdido porque habían pasado a manos del pueblo”.

En el diálogo con Estrada Viamonte salieron a relucir las distintas estrategias y tácticas empleadas para capturar a esos malhechores.

“A veces hacíamos simulacros de cerco y realizábamos emboscadas de cuatro o cinco días que luego cambiábamos para despistar a los delatores de nuestras posiciones.

“Aunque eran avisados de nuestra cercana presencia nunca nos atacaron porque sabían que éramos mayoría, teníamos recursos para combatirlos y estábamos dispuestos a morir, si era preciso.

“Mi misión como jefe de comunicaciones era poner al corriente al batallón sobre la zona de operaciones y el objetivo a cumplir, además de caminar por todos esos lugares intrincados para buscar información sobre ellos. Esta última misión la realizábamos varios compañeros pero de manera individual”.

“En la Lcb aprendí que la contrarrevolución, aunque le paguen y aparenten pelear por intereses personales, trabajan realmente para un poder extranjero, y eso realmente es una deshonra y traición a la Patria”.

Lamentablemente este bayamés tuvo que interrumpir su labor en la Lcb en el año 1962, para partir a un curso en la extinta Unión Soviética, pero en el crudo frío de la nación euroasiática un leve calor tropical inundó su cuerpo al saber la noticia de que había concluido –oficialmente- la lucha contra bandidos en Cuba en el año 1965.

En ese momento estalló de alegría porque supo que volverían la paz y la tranquilidad a los campos cubanos, y se pondría fin a un triste capítulo de la historia revolucionaria.

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