Confesión (+ video)

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Por Osviel Castro Medel | 14 febrero, 2020 |
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Llegué a creer que no existías; que eras un pretexto para justificar el fuego de algunas locuras, que eras un truco de esta vida maga-inconstante.
Pensé, incluso, que eras un invento de ingenuos que amontonaban versos, de frenéticos cultivadores de arcoiris. Entendí que tenías cuerpo de fantasma, de sombra, de artificio.


No me ruborizo al decirlo: para mí andabas sin espuelas, sin flechas y sin hechizos. ¡Ibas tan débil en mi cosmos! Podías apagarte con cualquier palabra necia, con la discusión por ciertos desacuerdos; con la herida fecundada en la distancia… con el gravamen del tiempo.

Te vi fallecer tantas veces en otros que te defendían a ultranza que te supuse quebradizo y leve. Me contaron tanto tu muerte en miles de voceros de la «ternura eterna» que me convencí de tu impotencia.

Te observé flaquear en autoproclamados Romeos que se cansaron de regalar detalles; te vi desmayar en ilusorias Julietas que tiraron estrofas por la ventana y se dedicaron a «gozar» sus existencias.

Y en cada febrero me llovían las preguntas: ¿Por qué te convierten en mercancía temporal de una jornada? ¿Por qué lates un día y después te hacen vapor en el calendario? ¿Por qué te evocan hoy como un mártir resucitado si deberían nombrarte vivo siempre?

Por todo eso yo desconfiaba de ti al extremo, lo confieso sin pena. Suerte que, creciendo en el espíritu, comencé lenta y paulatinamente, a comprender tu esencia: no le avisas a nadie; no le imploras a nadie para que te abra puertas; andas desprovisto de fanfarrias, cabalgas mudo con tu cabeza de duende dentro de la mujer que no repara en mi edad para curarme el reloj, paseas en las manos de mi chiquitico que me dice «ven» con sus dedos deliciosos desde la cercanía o la distancia.

Caminas en los ojos de princesa primera, que me mira y me escribe «cartas» para sacudirme. Andas en las manos y mi sonrisa de mi princesa más pequeña, que me aprieta el cuello para envolverme en ternuras, como no lo hace nadie.

Estás en la lágrima vertida en el adiós a varios de mi sangre, incluyendo a uno de los que me dio vida con vida. Palpitas cuando, repentinamente, sin entenderlo, me brotan deseos de fabricar una burbuja y me quedo con las ganas; en el ansia de vencer la fragilidad del alma ante los golpes y los hechos.

Respiras en los silencios que atesoro como si fueran voces, en los secretos imposibles de volcar en papelitos doblados en la camisa, en la cobardía de no aceptar que vienes a provocarme disparates.

Ahora, quizás, te entiendo. Quizás. Y creo, finalmente, que existes, sin formas ni perfiles. Comprendo, tal vez, a los incautos, a los frenéticos, a los amontonadores de versos.
Y ahora compadezco a los pobres que, en tu nombre, falsearon una estrofa, compraron una lentejuela, fingieron la sonrisa. Me apiado de los que fueron esclavos perennes de la búsqueda y, como siervos, se extinguieron esperándote.

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