“Confío en ustedes”

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Por Yasel Toledo Garnache | 28 julio, 2015 |
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Ernesto González, asaltante al cuartel Moncada
FOTO / Rafael Martínez Arias

Ernesto González Campos, asaltante al cuartel Moncada, no tiene la misma agilidad para correr y escabullirse como lo hizo aquel 26 de julio de 1953, gracias a la cual sorteó el peligro en una ciudad desconocida para él.

El almanaque, implacable como siempre, prosigue, y el muchacho de 22 años de edad, que llegó a Santiago de Cuba lleno de sueños, tiene 84, aunque la energía de sus palabras y gestos revelen juventud.

En uno de los pasillos de la sede del Partido provincial, conversamos durante algunos minutos.

Me pone una mano en el hombro, y habla como un hermano grande y con la emoción de quien parece revivir aquellos momentos de conspiración y balas.

“La discreción fue indispensable, ni la familia sabía de nuestra preparación con fusiles y otras armas. Cuando me preguntaban dónde estaba tanto tiempo, decía que con una noviecita en Artemisa.

“No sabíamos a lo que nos enfrentaríamos. Nos dijeron que iríamos a Matanzas, y pensamos que sería para un atentado a Fulgencio Batista, porque él estaba en Varadero. Yo nunca había pasado de Villa Clara hacia acá. Nadie preguntó nada, hasta que Fidel explicó el plan de acción, en la Granjita Siboney.

“En el Moncada perdimos a muchos jóvenes repletos de vida, entusiasmo y pasión revolucionaria, apenas tres murieron en combate, y el resto fue asesinado en las horas siguientes. Yo logré escapar, pero cada vez que escuchaba de una muerte u otro prisionero era como si recibiera un disparo”, dice con tristeza y hace un breve silencio.

Luego vuelve: “Antes, hubo otras situaciones de peligro. Por ejemplo, durante la Marcha de las antorchas, en la noche del 27 de enero de ese mismo año, realizada como homenaje a José Martí en el centenario de su nacimiento.

“Ese pudo ser el día más sangriento en la historia de La Habana. Habíamos decidido que si la policía intentaba pararnos seguiríamos adelante, sin importar las consecuencias, porque el Apóstol lo merecía.

“Después del golpe de estado de Batista, el 10 de marzo de 1952, confirmamos que la única vía para cambiar la realidad del país era la fuerza. El asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, o cualquier otro hecho similar era inevitable”.

El diálogo fluye con la naturalidad y sencillez de quien laboró como zapatero desde los 13 años de edad y no pudo asistir a la secundaria, en Santiago de las Vegas, por falta de dinero. Menciono un nombre, Fidel, y su rostro se llena de luz.

“Uno de mis mayores orgullos es haberlo conocido cuando yo apenas tenía 16 años y él 20. Lo admiré desde el primer momento, como tantas otras personas. Estaba siempre al frente. Desde la Ortodoxia y la Universidad, nos motivaba y convencía con la fuerza de su verbo y acciones. No le fallé ni lo haré nunca. Estaré junto a él hasta que la vida me lo permita”, expresa, y con un gesto lento quita una lágrima de su mejilla.

Posteriormente, habla de Abel Santamaría, el segundo jefe del Movimiento 26 de Julio:

“Un gran compañero, hombre y revolucionario, a quien todos apreciamos muchísimo. Jamás olvidaré su ejemplo de valor y compromiso con la Patria. Tiempo después del último disparo, le sacaron un ojo con una bayoneta, y no dijo ni media palabra. Su hermana, Haydée, tampoco cedió ni ante la amenaza de que le extrajeran el otro.

“Ustedes, los jóvenes, recuerden siempre actitudes como esa. Su responsabilidad es muy grande para el futuro de la nación”.

La voz de González Campos adquiere un tono diferente, de exhortación y alerta.

“Ustedes no sufrieron las mismas vicisitudes que nosotros, sin embargo, deben defender esto y guiar a quienes vienen detrás, para que sean mejores que los de mi generación y que ustedes.

“La Revolución costó mucho sacrificio, tristezas, sangre y hasta muertes. No olviden eso jamás. Hoy el campo de batalla es en las ideas. Deben ser fuertes e inteligentes.

“Cuando uno se propone algo, debe lograrlo al precio necesario y con dignidad. La mejor meta es la defensa de Cuba y de sus principios, hacerla cada vez mejor”.

Ernesto González, el combatiente, el hombre, poco a poco se convierte en amigo que narra anécdotas recientes y otras de antes, como aquellas dos veces que se cayó de un segundo piso, y “no me pasó nada porque siempre he sido duro” o sus intentos de incorporarse a la lucha en la Sierra Maestra, iniciada 1956, pero “Fidel no lo permitió, pues nuestra labor en el llano también era importante”.

Casi al final, me dice más consejos, e inicia conversaciones con otros muchachos que se acercan para preguntar y retratarse. Ellos le expresan el orgullo por conocerlo. Él responde: “Confío en ustedes”.

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