Convivir, mucho más que habitar bajo un mismo techo

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Por Elizabeth Reyes Tasé | 23 agosto, 2018 |
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Mascullando arrepentimientos, sinsabores y hasta algún injurio, el anciano abandona la sala de su casa mientras frente al televisor las bisnietas brincan y cantan al compás de un sinfín de dibujos animados.

Anhelante, con la cabeza baja y esbozando una media sonrisa que inspire solidaridad, cruza el patio o sube las escaleras en busca de la oportunidad para ver Palmas y Cañas, el programa que le gusta y solo emiten una vez cada semana.

Hoy no se defendió con ningún argumento, solo abrazó la resignación; pero lo piensa, y tiene razón. Si durante todo el día, en constantes turnos, las niñas han vuelto a repasar los mismos muñequitos, la nieta disfrutó la novela de turno, y algún otro vio la película de aventuras, es obvio que a él también le corresponde su espacio.

Hechos como ese –e incluso otros más inquietantes- ya no asombran a nadie en la Cuba actual, donde es muy común que en un mismo hogar cohabiten abuelos con sus hijos, nietos y hasta bisnietos, como consecuencia de un fenómeno que la gran mayoría conoce y padece: la creciente problemática de la vivienda en el país.

De ahí que la referida escena refleje apenas uno de los múltiples conflictos de convivencia intergeneracional latentes, entre ellos desigualdad de intereses, hábitos, gustos y costumbres, falta de privacidad e  independencia para las parejas, irrespeto o cambio de roles, redistribución de espacios físicos y hacinamiento en los hogares.

¿Cómo lograr entonces la armonía? ¿Qué hacer para crear un adecuado sistema de relaciones y normas que beneficien a cada uno de los miembros de la familia?

Desde tiempos remotos, el gran filósofo Aristóteles definió al hombre como un ser social por naturaleza, que asume entre sus actividades básicas el vivir en compañía de otros, dados los beneficios y la ayuda que ello implica.

No obstante, se trata de un viaje que exige de cada persona un conjunto de virtudes tales como cooperación, tolerancia, respeto, honestidad, reconocimiento a la diferencia, capacidad para adaptarse y acatar reglas; pues solo así se podrá llegar a esa estación ideal donde primen amor y unión, en beneficio de la salud y el desarrollo detodos los miembros de la familia.

Según múltiples estudios y consejos de profesionales de la Medicina y las Ciencias Sociales, una convivencia exitosa requiere, además de buena comunicación, voluntad para buscar soluciones a los diferentes problemas que puedan presentarse, actuando siempre de la mejor manera posible.

Resulta igualmente vital no violentar la individualidad y el tiempo de los otros, estableciendo horarios y normas para colaborar en las tareas domésticas, pasar juntos un rato, compartir algo, o ser considerados cuando un miembro de la familia deba realizar una actividad que requiera condiciones específicas.

Aristas hay muchas, como múltiples y complejos son los escenarios que este problema plantea en gran parte de los hogares cubanos, pero solo sobre la base del amor y la consideración hacia los demás, se podrá esperar o exigir de ellos igual trato.

La sabiduría popular bien lo definiría con algo así como “si tiras piedras, no esperes flores”; pues lo mismo entre familiares, conocidos o en el seno de una sociedad, el hecho de coexistir implica esa máxima de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”, como sabiamente expresó en 1867 el Benemérito de las Américas, Benito Juárez.

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