Crónica coral

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Por Osviel Castro Medel | 9 enero, 2021 |
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FOTO/Luis Carlos Palacios Leyva

Ellas entran al escenario, después los caballeros. Todos vestidos impecablemente, de negro. Forman una U doble, con la directora delante, que va con un vestido rojo escarlata, disimulando el nervio.

Viene una señal y se desprende la armonía, como cascada inigualable. Una armonía que te toca el oído, las rodillas, el pecho. Te sube al cerebro y te quedas escuchando el acordeón de voces, pensando acaso cómo nace cada maravilla melódica.

Son 32 bocas que cantan y arrullan y juegan con los sonidos agudos o graves o perfectos, casi perfectos. Son 32 almas que te vencen el desánimo y te transportan a un templo romano o a los Van Van convertidos en hermosa sinfonía coral.

Entonan, después de varios números de diferentes períodos, La Bayamesa, la de Céspedes, Fornaris y del Castillo. Y la canción lanzada como fecha encantada te provoca el erizamiento, las cejas levantadas, el deseo de ser parte del coro afinado y sublime.

Se introducen en el público, coqueteando. Y La Bayamesa te eleva, te lleva a sentir la música en los órganos,  que trepidan, piden que no acabe la noche de hechizos en la casa de la cultura bayamesa, evocadora de una fecha de octubre glorioso.

Alzan las voces, las vibraciones se acoplan, la admiración se posa en tus ojos. Viene el aplauso largo,  con los asistentes de pie. Nace el “¡Bravo!” espontáneo y risueño. Brota el ansia de escuchar más. Y te convences que cuando escribas  brevemente sobre el espectáculo te quedarás a 10 mares de poder contarlo.

El Coro Profesional de Bayamo, en su cumpleaños 59, ha disertado otra vez, con Mercedes al frente, con Arturo Estrada en la segunda fila, que se despide de la ciudad donde durante 27 años cantó estremecido tantas veces el Himno.

El Coro ha vuelto a estremecer. El Coro, definitivamente, hace que a Bayamo no se le apague la voz y la marca, que siga siendo horcón de la historia, proa del canto y  de la cultura cierta.

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