Cronista que envainó la espada y no rindió el corazón

Share Button
Por Yelandi Milanés Guardia | 9 febrero, 2019 |
0

 

La historia tuvo en Fernando Figueredo Socarrás a un gran cronista y apasionado defensor de la Revolución de 1868. Tenía un constante desvelo por mantener viva la memoria histórica en la emigración patriótica.

Al decir de Martí “envainó la espada sin rendir el corazón”, y peleó al lado de Céspedes, protestó con Antonio Maceo en los Mangos de Baraguá y, después, narró las glorias y las vicisitudes acaecidas en el campo insurrecto.

Después de concluir la Guerra de los Diez Años, marchó a República Dominicana y, en 1881, se estableció en Cayo Hueso, Estados Unidos; donde vivió 22 años de expatriación voluntaria.

Lejos de la Cuba querida, quizás para avivar el fuego en un clima tan frío, sintió la obligación de explicar de centro en centro, de casa en casa, de persona a persona, lo sucedido en aquellos tiempos de acción desmedida pero desgraciada.

Nadie había logrado sacar una historia completa de aquel pasado glorioso, ensombrecido por la conclusión sin independencia ni abolición de la esclavitud. Todo ello quedó recogido en su libro La Revolución de Yara.

Quizás muchos se pregunten que lo une a nuestra tierra si nació el 9 de febrero de 1846 en predios camagüeyanos, pues el simple hecho que desde niño vino a vivir a Bayamo  y muchos lo consideraban hijo de la ciudad antorcha, a tal punto que en una carta Martí escribió a Figueredo Socarrás aquella famosa frase de gran valor para los nativos de esta tierra: “Ud. y yo somos bayameses, porque yo tengo de Bayamo el alma intrépida y natural, y los dos somos hijos de la verdad de la naturaleza”.

Para Figueredo, José Martí fue amigo estimadísimo y en su hogar existía una alcoba perennemente preparada para él. Fue allí donde escribió algunas de sus páginas más sobresalientes y encumbradas.

Según refiere Ecured su afinidad con el carácter y los propósitos de Céspedes le llevaron a ocupar cargos de la mayor significación y responsabilidad en la guerra de los 10 años, como por ejemplo Secretario del Consejo, Canciller, Jefe de su cuerpo de ayudantes, y virtualmente, su secretario privado.

Luego de la deposición del Padre de la Patria, el gobierno opta por nombrarle jefe del Estado Mayor de la Primera División del Primer Cuerpo del Ejército de Oriente, comandado por un amigo fiel de Céspedes: el mayor general Manuel de Jesús Calvar.

Más tarde sería secretario del gabinete del presidente Juan Bautista Spotorno, cargo que declina, en marzo de 1876, al ser elegido miembro de la Cámara de  Representantes por Oriente.

Rechazó con ardor el Pacto del Zanjón, calificándolo como el hecho más bochornoso escenificado por las armas insurgentes.

En mayo de 1878, vencidos los últimos esfuerzos de los cubanos en armas por la política de atracción y las activas operaciones militares del Capitán General español Arsenio Martínez Campos, el coronel Figueredo marchó al exilio, radicándose en República Dominicana.

De su memoria y conocimientos personales sobre los hombres de la gran guerra surgieron amenas conferencias sobre episodios trascendentales.

En la República que sobrevino luego del fin de la guerra Don Fernando desempeñó varios cargos públicos, entre ellos, Director General de Comunicaciones, Interventor General del Estado y Tesorero General de la República, los cuales ocupó con probidad irreprochable.

Fue miembro distinguido de la Academia de la Historia, dedicándose en los últimos años de su vida a esta ciencia social.

Quizás ahí radique su mayor mérito, en avivar con sus historias el espíritu combativo, y recoger las hazañas de aquellos bravos cubanos que pelearon  como hombres, y muchas veces como gigantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *