Cuando los corojos sonaron en Alegría de Pío

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Por Osviel Castro Medel | 5 diciembre, 2017 |
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Monumento histórico en homenaje a la batalla de Alegría de Pío

Fue un estreno terrible. Después de tres jornadas fatigosas, con el cansancio y la sed en los pulmones mismos, los 82 expedicionarios del yate Granma llegaron a un lugar llamado Alegría de Pío. Era el 5 de diciembre de 1956.

No sabían que ese nombre le generaría inmensas tristezas pues allí, en medio de un monte ralo, fueron sorprendidos por los soldados del ejército de Fulgencio Batista.

Ernesto Che Guevara, siempre franco al escribir o al hablar, plasmó las condiciones en que llegaron los 82 hombres a ese intrincado paraje: «Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de diciembre en el lugar conocido por playa Las Coloradas (se refiere a Los Cayuelos) perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por ciénagas de agua de mar, con botas nuevas. Esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa. Pero no era nuestro único enemigo el calzado o las afecciones fúngicas. Habíamos llegado a Cuba después de siete días de navegación a través del Golfo de México y del mar Caribe, sin alimento, con el barco en malas condiciones, casi todo el mundo mareado por falta de costumbre al vaivén del mar».

Por eso, cuando la bisoña tropa recibió el fuego graneado, se vio desorientada y desesperada; y no atinó a responder con eficacia el “huracán de balas”, como escribió el Guerrillero Heroico en Pasajes de la guerra revolucionaria.

En esa fecha,  Humberto Lamothe Coronado, de la vanguardia, e Israel Cabrera Rodríguez y Oscar Rodríguez Delgado, ambos del pelotón del centro, cayeron en la acción y se convirtieron en los primeros mártires del naciente Ejército Rebelde.

Entre los heridos estaba el propio Che Guevara, quien llegó a creer que moriría cuando se vio sangrando por el cuello. “Me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido”, sentenció.

Lo más vibrante de aquella emboscada fue la frase de Juan Almeida Bosque. En medio de la balacera alguien sugirió que había que rendirse, y a esto respondió quien luego sería Comandante: “Aquí no se rinde nadie, c…”, una frase que durante mucho tiempo se le adjudicó a Camilo Cienfuegos.

Esa expresión representa un símbolo para todas las eras.  Es el mismo rendirse de Céspedes cuando atacó a Yara y salió derrotado, el de Maceo en Baraguá, el Martí luego del fracaso de La Fernandina, el de Fidel en muchos momentos de la Revolución.

Todavía en los campos de Alegría de Pío y de Cuba toda resuena y se hace eco en la voz de millones.

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