Ser cubano: un gran privilegio

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Por Abel Guerrero Castro | 11 octubre, 2019 |
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Uno de mis grandes privilegios es haber nacido en esta tierra, al decir del célebre Almirante “la más fermosa que ojos humanos hayan visto”. Querida por unos, odiada por otros, ignorada por ninguno, hay en ella un embrujo, un encanto casi afrodisíaco capaz de envolvernos irresistiblemente.

Quienes han tenido que dejarla por algún tiempo, no se cansan de contar los minutos que faltan para el regreso, en tanto, los que se han ido para siempre, padecen la incurable enfermedad “del gorrión”.

¿Cuál es el “invisible” atractivo de esta Isla? ¿Acaso una accidentada geografía, su clima húmedo y cálido, sus ríos pequeños y apacibles de dulcísimas aguas? ¿Su flora exuberante con frutas silvestres al alcance de las manos? ¿Una fauna “amistosa” donde una singular orquesta de aves cantoras alegra a nativos y visitantes? No solo es eso, estoy seguro; hay mucho más, lo cual hace del cubano un ser único.

Sumamente expresivo, elocuente en exceso, conversador incansable, conocedor de cuanto se mueve entre cielo y tierra, ningún tema le es ajeno. Pocos ciudadanos en el mundo hacen un uso tan particular del idioma: el cubano habla alto, en octosílabos cargados de una melodía inconfundible; asume cualquier modismo o vocablo importado, venga de donde venga, siempre que le sirva para comunicarse. Lleva la música en la sangre, de ahí que las mujeres caminen a un ritmo incomparable y no haya nadie en Cuba que no sepa bailar.

Exagerado en todo, el punto más distante puede estar “al cantío de un gallo”y los problemas, por difíciles y complejos que sean, los resuelve “como tomarse un vaso de agua”.

El cubano es informal, y para que acuda a una cita a las ocho, hay que citarlo para las siete. Por eso no le molestan retrasos en salidas de ómnibus, trenes o aviones, excepto los que lo traen de regreso a casa.

Solidario hasta la empuñadura, el cubano hace del dolor ajeno el propio, y de sus penas una fiesta; se priva de sus ropas para ofrecerlas a un desnudo, importa poco si lo conoce o no, basta que el otro lo necesite para que lo considere su hermano. “Resuelve hoy, mañana ya veremos,” dice. En la mesa cubana no falta el plato para un “perdido” y aunque vive quejándose de su maltrecha economía, hay fechas que no pasan “por debajo de la mesa” y es muy difícil que el 31 de diciembre “se vaya en blanco”. Desinteresado como no hay dos, sale en defensa del más débil, aunque en ello le vaya la vida, sin esperar nada a cambio. Pero cuando le ofenden a los suyos, arma una batalla en “una cuarta de tierra” y enfrenta un cañón a pecho limpio. No come de injusticias y alza la voz para reclamar sus derechos, ya sea ante burdas ofensas o por un strike mal cantado en un juego de pelota. Por eso sus héroes son cotidianos, sencillos, tangibles, alcanzables… Porque conoce el precio de la paz y la libertad, las defiende con la vida.

Enamorado hasta la médula, el cubano se imagina un don Juan, y aunque lo ponchen, vive convencido de poder derribar la Torre Eiffel con un tirapiedras.  Si hay un día que no olvida es el 14 de febrero. Pero su amor va más allá: ama a su familia, a sus amigos, a la vida, a todo lo “querible” y “amable”. Por encima de todo, el buen cubano ama a este entrañable y bello pedacito de tierra, cuya “maldita circunstancia”, al decir del poeta, es tener “el agua por todas partes”.

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