Daima inició el camino de los medallistas Olímpicos granmenses

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Por Leonardo Leyva Paneque | 28 julio, 2016 |
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De izquierda a derecha Daima, en el podio ateniense, junto a Tsukada y las bronceadas Tea Donguzashvili, de Rusia, y Fuming Sun, de China

Los títulos que alcanzó en los dos campeonatos mundiales del ciclo 1996-2000, en la categoría abierta, la ubicaban entre las favoritas a medallas. Aún así, el estreno en Juegos Olímpicos suponía un reto enorme para Daima Beltrán Guisado en la cita de Sidney.

La medialunera llegaba a la principal urbe australiana con el propósito de continuar la tradición que inició Estela Rodríguez en la división de más de 78 kilogramos, desde el debut del judo femenino en estas lides, al terminar segunda en Barcelona ’92 e igualar ese desempeño en Atlanta ’96.

Desde entonces, Cuba ya era catalogada una potencia mundial del arte marcial -creado por los japoneses-, sobre todo entre mujeres. Por eso Beltrán Guisado no podía permitirse quedar fuera del podio, aunque encontraría la resistencia de las asiáticas, el principal obstáculo para superar la actuación de su antecesora, la santiaguera Rodríguez.

De hecho, tenía a su favor haberse codeado en los últimos años con las principales rivales del orbe, y en su palmarés pesaban bastante las coronaciones previas en las citas ecuménicas (París ’97 y Birmingham ’99).

Daima estuvo bien cerca de la medalla de oro aquel 22 de septiembre de 2000, en Sidney. Después de arrollar a sus adversarias en los cuatro primeros combates, encontró en la disputa del título a otra muralla china, llamada Yuan Hua, favorecida finalmente por la decisión de hantei, luego del empate a una koka (ya no existe), al término de los cuatro minutos de pelea.

Así tocó el Olimpo con sus  manos y entró para siempre en la historia de Granma, al inscribirse como la primera medallista en Juegos Olímpicos.

“Soy muy exigente. Si voy a Atenas, es para mejorar o igualar este resultado”, comentó a La Demajagua durante el recibimiento del pueblo en su natal Media Luna.

Sin embargo, ese no sería el último capítulo de su extensa y rica trayectoria por los tatamis. Añadió en su vitrina otras dos preseas de bronce en los campeonatos mundiales de Munich ‘01 y Osaka ’03 (de las tres que obtuvo en su carrera).

Esa actuación también era un adelanto de lo que acontecería en Atenas ’04, donde, con un accionar similar al de la versión anterior, cayó en la final, esta vez, ante la japonesa Maki Tsukada. Asimismo, conservó y dio vida a una tradición, que encontró el punto más alto con Idalys Ortiz, su sucesora y monarca bajo los cinco aros en Londres ’12, después del bronce en Beijing ’08.

No pudo acceder a la cúspide, pero coqueteó con ella; formó parte de la más excelsa generación de yudocas cubanas, junto a Legna Verdecia, Sibelis Veranes, Driulis González… y bajo la conducción del entrañable profesor Ronaldo Veitía.

Su imponente figura perdurará por mucho tiempo en la memoria de quienes siempre la aplaudieron. Desde hace algún tiempo, en la faceta como entrenadora, guía los pasos de la selección nacional femenina de México, donde ya reveló sus intenciones de crear la Escuela de judo en esa nación centroamericana.

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