De algunos misterios protegidos por el Museo del Louvre

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Por Prensa Latina (PL) | 20 octubre, 2016 |
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Museo-del-LouvreParís, – Dicen en el Museo del Louvre que el misterio de la Gioconda no está en su sonrisa, que una sombra en la pintura La coronación de Napoleón delata una importante corrección obligada, y que la protagonista de La libertad guiando al pueblo no es una mujer.    Al menos así lo aseguró una gentil guía que encantó con sus historias a un grupo de científicos, quienes caminaron las centenarias salas mientras afuera, a través de los grandes ventanales, se veía caer la noche de otoño en París.
Gracias a la talentosa muchacha, el palacio de pasillos interminables dejó de ser una de las tantas atracciones turísticas de la Ciudad Luz, para convertirse en un sitio hipnotizante donde descubrir, obra tras obra, los secretos y complejidades de la creación humana.

Reunido el grupo ante el diminuto cuadro que atrae cada día a miles de personas de todo el planeta, la guía ordenó: “Miren hacia adelante, con la mano derecha cúbranse un ojo y con la otra tapen la parte superior del rostro de la señora…”.

Pocos segundos después los visitantes asintieron perplejos al comprobar que la especialista tenía razón: aquello de la “enigmática sonrisa de la Mona Lisa”, frase escuchada de toda la vida, no tiene mucho sentido pues Lisa Gherardini (esposa de Francesco Bartolomeo de Giocondo, según los libros de historia) simplemente está sonriendo.

“La fuerza de este rostro, señoras y señores, está en la mirada tranquila, pero a la vez retadora de la Gioconda, una actitud que, por cierto, no era la más común en las féminas de la época”, sentenció.

¿Qué está detrás de esa actitud? ¿Por qué la Gioconda no lleva trajes y joyas lujosas, como era habitual por entonces? ¿Por qué su autor, el genial Leonardo da Vinci, cargó con la tabla (que no es un lienzo) hasta el final de sus días? Son misterios que mueven rumores, chismes y hasta las más científicas de las investigaciones.

Más allá de todo eso, reconocen los expertos, el verdadero valor de este cuadro radica en la depuradísima técnica con que Da Vinci lo ejecutó, legando en él una verdadera clase magistral.

Cuestiones como el perfecto despliegue de la técnica del esfumado, que le aporta una fluidez sin límite a la imagen, “hacen de esta obra un ejemplar único y de una modernidad increíble, si se la compara con otras producciones de la época”, explicó la guía.

Con la suerte de disponer del Louvre para ellos solos, los científicos caminaron lentamente sala tras sala, admiraron el impecable piso de madera y los techos inalcanzables, y así llegaron a los espacios dedicados a la pintura francesa.

Allí los esperaba La coronación de Napoleón, obra de Jacques-Louis David, el pintor oficial de Napoleón Bonaparte, un lienzo que inmortalizó un momento crucial para la historia de Francia y de toda Europa.

Sin embargo, la imagen no muestra la coronación exacta de Napoleón, sino un momento en que el emperador lleva la corona en sus manos.

¿Por qué David decide pintar este momento, y no otro? Se trató de una orden de Napoleón, quien se rehusó a dejar plasmado en la imagen el instante en que él mismo se autocorona, en franca ruptura con toda la tradición francesa.

Sin embargo, inicialmente el pintor sí intentó ser fiel a la historia y la evidencia se halla en el mismo cuadro: instruidos por la especialista, los visitantes descubrieron que justo detrás de Napoleón hay un señor mayor de ojos claros, y encima de su cabeza está la sombra de un perfil correspondiente al boceto inicial que pretendía mostrar la autocoronación de Napoleón.

Lógicamente, distinguir esa forma solo es posible cuando se está delante de la tela pintada, de su puño y trazo, por Jacques-Louis David.

Es común escuchar que nadie puede irse del Louvre sin ver a la señora Gioconda, y lo mismo debería suceder con La libertad guiando al pueblo, lienzo de expresividad única que sintetiza magistralmente el espíritu de los revolucionarios franceses del siglo XIX.

“Pero aquí la protagonista no es la figura fémina que centra el cuadro, sino la bandera francesa, símbolo revolucionario que había sido suspendido con la restauración monárquica y luego fue retomado en la Revolución de 1830, momento del que data la obra”, explicó.

Ciertamente, además de la bandera portada por la mujer que simboliza la libertad, sus colores rojo, blanco y azul son los dominantes en la convulsa escena; en las ropas de los personajes, en la sangre derramada en el piso, e incluso muy al fondo es posible distinguir ese símbolo en una de las torres de la catedral de Notre Dame.

Estos y otros secretos habitan las salas del Louvre, tan abiertas al público como enigmáticas, en una edificación con varios siglos de existencia que pasó de ser fortaleza militar a palacio militar, luego a academia de ciencias, y por último a museo, probablemente el más visitado del mundo.

Más allá de estar frente a frente con las obras emblemáticas de grandes artistas, más allá de contemplar un patrimonio de valor inconmensurable, caminar el Louvre significa andar, paso a paso, la historia del hombre contada por su infinita espiritualidad.

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