Desde el principio hasta el final

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Por Osviel Castro Medel | 24 diciembre, 2018 |
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FOTO/ Rafael Martínez Arias

Poseían la calma de un tamaño celestial para soportar la diablura y el atrevimiento; tenían insistencia del oleaje del mar para corregirnos la pañoleta descorrida; andaban con el donaire perpetuo para enseñarnos a convertir los garabatos en palabras nuevas: “sol”, “esperanza”, “verso”, “vida”.

Sus gargantas se lastimaban de tanta lección y tanta lucha, los surcos de sus manos emblanquecían a diario de tanta tiza empleada en la pizarra, sus ojos se eclipsaban ante cada examen estropeado.

Galopaban con nosotros en las excursiones, trasnochaban en las acampadas, latían con las calificaciones que, definitivamente, nos abrieron el Destino.

Tuvieron, sin embargo, que gotear los años para entender toda aquella tierna “matraquilla”. Ellos siempre estaban ahí, midiéndonos los pasos y las letras, inyectándonos con dulzura números y modales, algunos de los cuales nos quedaron para la posteridad; otros, de manera lamentable, no supimos aprehenderlos.

Los recuerdo a casi todos en aquella escuelita sin afeites cercana a un merendero inmenso donde no faltaban el panqué y la leche: Esmilcia, María Luisa, Modesta, Sucel, Galardi, Omar, Nora, Dulbis, Gustavo, Glenda, Nolvis, Elba Dora…

¿Cómo olvidar aquella “lata” cariñosa que nos aclaró una ruta? ¿Cómo borrar la perseverancia indescriptible de la directora que nos hacía repetir el Himno sagrado de Bayamo cuando de primeras se nos salía en susurro en medio de la plaza cobijada por el tamarindo? ¿Cómo extraviar de la memoria las jornadas otoñales en las que nos llevaban al río para regalarle a Camilo las flores arrancadas a hurtadillas de cualquier jardín del barrio? ¿Cómo tachar de la mente las graduaciones mitad alegres, mitad llorosas, por el título y la partida a la vez?

Por más que trote el reloj tampoco pueden despintársenos aquellos de la anchurosa vocacional que tiene el nombre honroso de Martí, en la que nos sonaban campanillas y alertas por doquier que casi siempre nos parecían demasiado fastidiosas, como mismo nos parecía muy ancha la tabla periódica de Mendeleiev o las tangentes de 11 turnos de clase.

Menos fácil resulta perder del cerebro aquellos profesores de la Universidad,  que tanto nos remachaban: ganarse un pato (un 2) era casi una deshonra. Y uno se reía con una broma tan seria.

Qué lástima no haberlos comprendido enteramente a todos en cada tiempo de esta vida; no haberles aquilatado el alma de evangelios, el corazón de padres inclementes, esos que regañan con blandura, aconsejan con rectitud, sollozan con las despedidas y aman hasta la eternidad… aunque no estemos.

Tuvo que sudar el almanaque para que los entendiéramos; para comprender ese desinterés que no se paga con mil regalos de diciembre ni con los versos que pudiera escribir el mayor bardo.

Lo mejor, lo reconfortante de verdad es que, a la postre, conseguimos calcularlos sin matemáticas, más allá de las aulas y las clases. Lo que repara aquella inmadura incomprensión es que ahora ellos están dentro de nuestras propias venas, invisibles o no; es que van con nosotros, palpitando, con o sin palabras, hasta el mismísimo final

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