Desde el umbral de la memoria

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Por Gisel García Gonzalez | 22 diciembre, 2016 |
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Alfabetizadores de Cauto Cristo
Alfabetizadores de Cauto Cristo / FOTO Luis Carlos Palacios

Ingenio viejo ya había sido alcanzado por la historia: la industria azucarera de Don Antonio en el siglo XVII, la iglesia de Santa Margarita y la primera mujer alcalde, Onoria Ramírez, miembro del partido Ortodoxo. Pero el tiempo depararía a sus habitantes otra significativa distinción: ser uno de los cinco primeros lugares del país en izar la bandera de Territorio Libre de Analfabetismo, el 29 de noviembre de 1961, Año de la Educación.

“Esta localidad del municipio de Cauto Cristo era un caserío disperso de campesinos que trabajaban en sus parcelas o para los Morales. Existía una escuelita donde recibían clases los hijos de esa familia y algunos otros. El maestro, Gerardo García Hechavarría, fue luego el coordinador de la Campaña de Alfabetización en la zona”, cuenta Lidia Ávalo Herrera.

“Nosotros habíamos escuchado la promesa del Comandante, pero no comprendimos su seriedad hasta que Gerardo se presentó con aquel grupo de muchachitos, de no más de 15 años. Dijo que venían a enseñarnos a leer y a escribir, los llamó  ´maestros´, como él, a quien teníamos mucho respeto”.

En Cauto Cristo, antes del triunfo revolucionario, existían seis escuelas primarias, con un solo profesor, a las cuales asistían los niños cuyas economías familiares podían permitírselo. Incluso para aquellos los estudios terminaban allí, pues los colegios de enseñanzas superiores, en su mayor parte de carácter religioso, eran holguineros o bayameses.

Dada la particularidad multígrada de las escasas instituciones, el actual municipio poseía un considerable retraso escolar, alumnos de hasta 16 años cursaban el sexto o grados inferiores.

“Era triste ver cómo engañaban a la gente, las humillaban, a veces firmaban papeles con un garabato o poniendo el dedo, y así perdían las tierras. A los de edad avanzada les costó aprender, haberlo logrado es mi satisfacción”, expresó Francelina Fernández Fuentes.

José Agustín Martínez Machado describe a la muchachita menuda y hermosa, de quien tomó el nombre para su hija: Nulvia.

“Yo pensé que me alcanzaba con el conocimiento dado por la vida, y vinieron esos niños a abrirnos los ojos y darnos la luz”.

Y recita una décima prendida en la memoria de sus 83 años: “Un hombre bien educado, de criterio y dignidad / a donde quiera que va, llega a un lugar reservado/ es querido, bien mirado de toda generación,/ por eso la educación es más que tener dinero”.

Las anécdotas hilarantes de la proeza se resisten al olvido. Pedro Pascual Díaz Cruz quiso enseñar a leer la advertencia de peligro a un haitiano temerario que pretendía salir ileso cada noche en sus escapadas de un albergue cañero, junto a una planta eléctrica que quizás le costaría la vida.

“Mira, Benjamín, le dije, la pe con la e dice pe, la ele con la i dice li y la ge con la ere y la o dice gro: pe-li-gro, repite conmigo, y el condenado haitiano siempre deletreó gre-go-rio”.

El hermano de Lidia, adolescente, escribió a Fidel en su carta una promesa: será médico o maestro.

“Abrigué en la primera juventud el fervor de saber leer y escribir, pero de alguna forma debía devolver el regalo entregado por la Revolución, por eso he sido maestro durante cuatro décadas”, afirma Walérico Ávalos Herrera.

“De los alfabetizadores recuerdo la abnegación de su trabajo, su dedicación y esfuerzo, alejados de sus familias, muchos de ellos por primera vez, desconociendo dónde y cómo iban a estar”, agrega.

Ana Aurora Rodríguez Tamayo se siente orgullosa de haber contribuido a la lucha contra la ignorancia, “porque sin educación no podía haber nada, si no se empezaba por enseñar no hubiera hoy tantos profesionales, jóvenes a los que se les dio la oportunidad de instruirse, eso es una de las cosas más grandes de la Revolución.

“Ahora reflexiono sobre la gran responsabilidad que tuvimos, éramos jóvenes entusiastas. ¿Cómo sopesar las verdaderas dimensiones de la hazaña que estábamos a punto de realizar?”, reflexionó González Ramos.

Se alfabetizaron cerca de tres mil habitantes de la zona del Cauto, 31 de ellos pertenecientes a Ingenio Viejo.

 

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