El amigo de los cubanos

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Por Geidis Arias Peña | 5 marzo, 2020 |
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FOTO/ Auror desconocido

Todo el frío de aquella madrugada del 13 de diciembre de 1994 se desvaneció con un abrazo, que desparramó de sueños la realidad.

Por la escalerilla de un Boeing 727, llegaba a tierra cubana un hombre con un liquiliqui verde olivo, un traje muy típico de su natal Sabaneta venezolana, invitado por Eusebio Leal, historiador de La Habana, a un evento sobre José Martí.

De aquel cuarentón extranjero nadie sabía nada en el país caribeño, ni siquiera se podía suponer que conocía también al Apóstol, aunque de inmediato quedó arropado entre el calor y el carisma de la Isla.

“Primera vez que vengo físicamente, porque en sueños, a Cuba, vinimos muchas veces los jóvenes latinoamericanos”, dijo Hugo Chávez Frías en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde hizo eclosionar una atadura inquebrantable.

Cuatro años después, el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez Frías ganó la Presidencia de la República de Venezuela.

En el 2002 arrancarían por iniciativa del Comandante Chávez y apoyo de Cuba las misiones educativas con el método “Yo si puedo”, nacería el programa Barrio Adentro que creó miles de clínicas en barrios y pueblos a lo largo del país suramericano, cuyo personal de salud estaba integrado por profesionales cubanos.

En 2004, vería la luz la Misión Milagro que ha ayudado a recuperar la visión a más de tres millones de pacientes en el mundo entero, y la estrategia económica, Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA.

Desde el Sur de América, un blanco manto descendía despacio de las montañas y los ríos serían, otra vez, el espejo de los dioses; la tierra se agigantaba y, se esfumaban las fronteras.

La pobreza se vistió de alegría, la esperanza cobró libertad y a ritmo de arrojo se empuñaba el porvenir, que abrió en llantos el funesto 5 de marzo de 2013 cuando las almas que tantas veces te aclamaron te vieron partir.

Pero, la muerte olvida que hay lazos que se atan con tanta fuerza que ni la más poderosa de las tempestades emocionales logra quebrar; porque la fuerza no está justo en el nudo que sostiene la unión, sino en saber entrelazar ambos extremos.

Y así, como en una especie de cofradía se anida un alma en dos cuerpos, con la facilidad con que se estrechan dos manos y en el horizonte de un par de miradas se puede leer la esperanza por el mañana.

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