El canto de El Ruiseñor

Este año José Alberto Tamayo, El Ruiseñor, cumple 30 años de vida artísticas, propósito que llevó a La Demajagua a dialogar con el artista granmense
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Por Geidis Arias Peña | 29 noviembre, 2018 |
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FOTO/ Luis Carlos Palacios

Ante una multitud, aquel canto inusual en ese ambiente de feria y negocios resultó seductor para el empresario español, quien, de inmediato, reconoció que se trataba de un Ruiseñor.

El ave, de pasión nocturna, se escuchaba con la versatilidad habitual en sus recitales silvestres, donde hasta la luna suele bajar del cielo para verle y los de su especie, mientras duermen, alcanzan un sueño idílico.

Sobre el gallego de visita en La Habana, no se supo más, sin embargo, de aquella voz se cuenta que reventaba en popularidad por la creciente destreza.

El incidente, paginado hace más de tres décadas y contado en la simplicidad de las palabras, quizás parezca insignificante, mas desplazó “la sagrada escritura” que oficializa desde su nacimiento (1968), que es José Alberto Tamayo Díaz.

De manera incipiente, de unos siete u ocho años de edad, romanceaba desde los acordes de una guitarra en serenatas, y el tres que en la casa su papá tocaba para hacer décimas y otras tonadas.

Cuando ya empina un poco más el vuelo con definitiva admiración por la música, en su etapa de adolescente, los vientos enfurecidos de creación -que batían de la casa de la cultura 20 de Octubre, de Bayamo-, lo condujeron a estrenos públicos.

Allí integró el proyecto Pista Joven, que dejó a la gente gratos recuerdos, entre baladas y boleros, géneros que asegura no solo disfrutaba, sino se le daban con facilidad interpretativa.

A finales de 1980, la música era más que una expresión de pubertad, constituía su estilo de vida, la meta por la que  lucharía, a pesar de las tormentas, incluso sopladas desde la escuela .

Recuerda: “Entre más negrita me ponían, más negra la veía. Sé que existen corcheas, claves, fusa, semifusa, difusa, pero no las entiendo”.

Las notas, ni musicales ni académicas le valieron alguna vez. Fue en vano insistir en la escuela para continuar su carrera y decidió acogerse a la regla de la excepción. No obstante, toca piano, guitarra y tumbadora.

“Aunque tengas academia, debes llevar un ritmo, gracia y  vocación”, sostiene ante la experiencia personal, que ahora le hace reír, y en los inicios le propinó sus sustos.

Sin embargo, el salto tan esperado lo dio de manos de  Luis Bonet, maestro de generaciones. En 1989 realiza una gira con Yakaré, en la que logra inscribirse como profesional.

“Empírico -dice- de la cabeza a los pies”, llegó al cabaret Tropicana de Santiago de Cuba, donde Cándido Fabré lo convierte en una de las voces principales. Ahora el son marcaría su ritmo, seguido por la salsa y otros géneros.

Luego, otros escenarios y diferentes modalidades de espectáculos, dentro y fuera del país, le acogieron para bailar con esa cubanidad sonora que transmite en sus canciones.

El Centro recreativo cultural Bayam, carnavales de casi toda Cuba, de donde proyectos como El Madrugazo, aún vigente en el rumbón bayamés, junto a su empatía, le han sumado reputación.

Treinta años después, el artista masculino más popular de Palmas y Cañas en 2016, tiene como satisfacción compartir escenarios con grandes de la música, entre ellos, Elena Burque, José Valladares, Celina González y agrupaciones de élite.

También archiva méritos, como el premio Bayamo (2015), que lo enorgullece tanto como el primero obtenido profesionalmente, el lauro de Mejor interpretación en el Festival de la canción Toronto, Canadá 2000.

Otros reconocimientos foráneos y nacionales se añadieron, de tal modo que lo ubican entre los artistas vocales de Granma más galardonados en los últimos tiempos.

Entre tanto regocijo sobresale el aplauso de su público, lo que considera verdadera y única ganancia en este camino y por lo que se impone en circunstancias  difíciles.

“Perdí a mi padre y a solo una semana -con un dolor que todavía cargo- tuve que  ir al escenario y cantar”, ejemplifica.

Los días pasan y él conserva  la confianza y el ímpetu que lo han hecho crecer y vencer.

Detrás de bambalinas, se traza la cruz en su pecho, como signo de buena suerte, antes le dice a sus seguidores que los adora. “Cada vez que subo al escenario, no hay ninguna grandeza y sí mucha humildad”, concluye.

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