El fuego imperecedero de la rebeldía

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Por Yelandi Milanés Guardia | 2 febrero, 2016 |
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Sitio histórico perteneciente al municipio de Yara, lugar donde fue arrojado a las llamas Hatuey / FOTO Rafael Martínez Arias
Sitio histórico perteneciente al municipio de Yara, lugar donde fue arrojado a las llamas Hatuey / FOTO Rafael Martínez Arias

Su condena a la hoguera implicó algo más que un simple acto para dar fin a una heroica vida. Los españoles encargados de consumar el suplicio de Hatuey no valoraron la repercusión del ejemplo del primer rebelde de América.

Con la quema del insigne cacique, el 2 de febrero de 1512, no terminaría la lucha de los aborígenes cubanos y de sus descendientes por expulsar a los hombres blancos que irrumpieron brutalmente en sus vidas.

De la vecina Quisqueya, bautizada por los ibéricos como La Española, provenía Hatuey, quien, ante el horror provocado por el saqueo y el abuso contra las poblaciones de aquella isla, se lanzó al mar con el objetivo de alertar a los primitivos pobladores de Cuba.

El accionar de Hatuey no se limitó a la prevención de las intenciones de los conquistadores, además, organizó y comandó grupos de aborígenes para enfrentar -con rudimentarias armas- la avanzada española.

Su liderazgo lo convirtió en un peligro potencial para la conquista, por lo que al lograr su captura y posterior muerte los peninsulares dieron por salvada la monárquica misión, de ahí que la villa fundada cerca del asentamiento de Yara -lugar del suplicio- recibiera el nombre de San Salvador.

Rememorar su quema constituye un buen pretexto para volver la vista sobre el valeroso cacique y su figura histórica, quien inflamó con sus cenizas el fuego imperecedero de la rebeldía.

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