El hombre de las rosquitas

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Por Yasel Toledo Garnache | 25 noviembre, 2015 |
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Eliberto Tomás Miniet ZamoraEliberto Tomás Miniet Zamora, ganador del Primer Premio a lo Cubano (2011), Maestro Dulcero y popular ciudadano de Bayamo, lleva más de tres décadas vendiendo sus granjerías en la misma esquina, en la intersección de las calles General Calixto García y Adriana del Castillo, muy cerca de la primera Plaza de la Revolución existente en Cuba.

Algunos aseguran que ya es parte del centro urbano histórico de la ciudad y que, cuando no está, sienten un vacío, porque Tomasito, como lo llaman cariñosamente, es también un caballero, casi siempre con una sonrisa y vestido de blanco.

Varias personas lo saludan, intercambian chistes, y siguen con el producto en sus manos. Allí encuentran rosquitas, matahambres, cucuruchos de maní, rosca blanda…., heredados de los antepasados.

Varios de los ingredientes son la yuca agria, la miel, el coco rayado…, sazonados con hojas de pimienta y colorantes naturales.

La tradición de confeccionarlos circula por sus venas, herencia de los padres.

“Lo aprendí desde niño. Casi siempre estaba junto a ellos, me gusta mucho hacer esto”, dice y atiende a un cliente.

Luego, vuelve: “Mi infancia transcurrió entre dulces y el ajetreo para lograr el mejor sabor. Mi tío, mi padre, mi abuelo, casi todos, se dedicaban a eso. En ese ambiente, hasta un bruto hubiese aprendido”, expresa y suelta una leve carcajada”.

Las circunstancias lo llevaron también a trabajar en la agricultura, un plan viandero, en la construcción…, sin embargo volvió a su mayor pasión:

“Estos productos son parte importante de mi vida. A veces, me siento agotado y los problemas de salud se interponen, sin embargo sigo adelante, aunque los familiares me peleen un poco. No quieren ni que monte bicicleta, pero en la casa me siento peor, aquí estoy feliz”, dice y mira a su hijo Leonardo, situado muy cerca de nosotros.

Confiesa que hasta ha pensado en la posibilidad de abandonar ese quehacer, porque exige bastante sacrificio. “Se hace a base de candela, marabú encendido y lágrimas por el humo. Casi todo es manual”, expresa y hace un silencio, como si repasara en su mente el proceso de confección de las rosquitas que incluye raspar la yuca agria, luego rayarla, darle prensa, secarla, cernirla, ponerla en agua hirviendo y, más tarde, apretarla con los puños.

Conseguir la materia prima es uno de sus mayores retos, por la escasez y los altos precios.

“La buscamos en los alrededores de Bayamo y en otros municipios, en ocasiones, no aparece en casi ningún lugar. Ojalá nos apoyen con la venta por parte de una cooperativa, esto es historia”.

Los transeúntes siguen pasando cerca de nosotros. Le dicen algo y él responde con algún gesto.

Toda su existencia ha transcurrido en Bayamo, lugar de amores y sueños. Cuando rememora, su voz se torna entrecortada y lleva el encanto de la nostalgia:

“Es una suerte vivir en una ciudad de tanta historia. Ojalá rescatemos más la tradición. Jamás olvidaré la Fiesta de Reyes. Mi familia, al igual que otras, vendían dulces típicos, casi extintos hoy: canela, bayamesa, ciruela borracha, y existía un ambiente tremendo, desde el 23 ó 24 de diciembre hasta el 12 de enero, fecha del incendio glorioso”.

El homenaje, realizado como parte de las actividades por el aniversario 502 de la villa San Salvador de Bayamo, el 5 de noviembre, fue un momento especial para él: “Agradezco a todos. Me sentí excelente, junto a personas que aprecio mucho”.

Casi al final, señala: “En esta esquina, estaré hasta el final, y ojalá mis hijos sigan con el hábito”.

Nos estrechamos la mano y despedimos, seguros de que nos veremos, en otras ocasiones, en el mismo sitio. Ahora lo imagino con su caminar lento hacia la esquina de las rosquitas. Lo prepara todo, y comienza a vender con la amabilidad de siempre.

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