El “Profe” Marrero

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Por Osviel Castro Medel | 4 septiembre, 2020 |
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Ramón Marrero fue un eterno enamorado del béisbol en las categorías infantiles. FOTO/Ibrahín Sánchez Carrillo

La noticia voló de boca en  boca la última tarde dominical de agosto: el corazón de Marrero, el profesor de tantas anécdotas y triunfos, había dejado de latir en el Hospital Carlos Manuel de Céspedes.

Las llamadas telefónicas se dispararon, las redes sociales se llenaron de comentarios, la incredulidad se apoderó de unos cuantos y hubo lágrimas en muchos rostros de niños o padres vinculados al béisbol.

Tal vez por haber sobrepasado otros accidentes, pocos creían que este, ocurrido un día antes del fatal desenlace, vencería al hijo de El Dorado, el mismo que llegó a integrar equipos de Buey Arriba y de Bayamo en series provinciales de pelota.

De sus 52 años de vida  (nació el 30 de mayo de 1968), Ramón Marrero Mendoza dedicó más de 30 al deporte.  Se graduó en 1989 en la Escuela para Profesores de Educación Física (Epef) y desde entonces escribió una hermosa historia de superación, que implicó lograr el título de licenciado (1998) y la integración de varios equipos nacionales como entrenador de categorías infantiles.

Precisamente a los niños dedicó su alma y gran parte de su reloj. Fue un descubridor, un hombre que no se cansaba de buscar gomas de camión, bates de distintos tipos, bolitas de desodorante o cualquier otro aditamento rústico para entrenar y “afilar” a sus pequeños en Buey Arriba -donde inció su trayectoria laboral- o en el beisbolito bayamés Manuel Alarcón Reyna, en el que trabajó 21 años.

Guillermo Avilés, Alexquemer Sánchez, Darián Palma,  Guillermo García y otros integrantes del actual equipo de los Alazanes, seguramente recordarán sus exigencias extremas, las visitas a sus casas o escuelas para solucionar problemas, su lenguaje dicharachero y campechano, su manera de querer a los discípulos.

Cumplió dos misiones en Venezuela, país al que viajó otras dos veces como coach de la selección cubana para participar en eventos internacionales, y cada vez que regresó trajo más relatos o chistes, porque Marrero gustaba de fabular, de reírse de casi todo y de darse el buen trago sin caer en la pesadez o la pedantería.

En su concurrido funeral, en el reparto Pedro Pompa, de Bayamo, muchos recordaban sus facetas de lanzador en campeonatos de Granma, la habilidad para batear siempre a la zurda en tantas copas de softbol a la piña, los incontables éxitos que alcanzó liderando selecciones de distintas edades en lides provinciales, zonales o nacionales.

Por su resultados, en más de una ocasión le propusieron preparar a selecciones de mayores y su respuesta resultó invariable: “Me quedo con los niños”.

Los periodistas lo evocaremos eternamente porque sin otra remuneración que el agradecimiento dedicó buena parte de su tiempo libre a entrenar con mayúsculas al primer equipo de softbol de la prensa de Granma que asistió a un campeonato nacional (Villa Clara, 2003) y fue el inspirador de los tres títulos que llegaron después.

Quién podrá decir que el Profe Marrero, como le decían casi todos, dejó de existir. Él seguirá latiendo en los fildeos y batazos de cada alumno, en la inmensa familia del béisbol en Granma, en las victorias pasadas y en las que están por venir.

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