El Sevilla desnuda al Madrid

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Por AS | 9 noviembre, 2015 |
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Vanegas
Banega marcó el 2-1. FOTO/ TONI RODRIGUEZ

En ausencia de Keylor Navas, el partido contra el Sevilla fue una radiografía que nos descubrió lo que tiene el Real Madrid por dentro: poco, o menos de lo que se presumía. El equipo de Benítez ya no es líder ni está invicto, lo que desmonta muchos de los argumentos de la defensa, los que seguían en pie tras la visita del PSG. El choque también sirvió para indagar en el interior del Sevilla y palpar su corazón: sigue intacto. 

El inicio del encuentro fue insospechado, y más nos lo parece ahora, visto con perspectiva. Ni rastro de la famosa ferocidad del Sevilla. El Real Madrid se movía a su antojo, sin oposición en el mediocampo, sin aguacero del que protegerse, con Bale de regreso y especialmente activo. La revolución planeada por Emery (cuatro jugadores nuevos en relación al partido del City) no daba resultados positivos, si acaso catastróficos.

De modo que el gol visitante fue una consecuencia natural, absolutamente lógica. Pudo llegar cuando Nacho (Ignatievich, desde ahora) estrelló un balón en un palo, tras un zurdazo prodigioso. Llegó, sin embargo, en una espléndida chilena de Sergio Ramos. Como tantas veces, más dura fue la caída. El central se volvió a lastimar el hombro herido, el derecho, y fue sustituido minutos después. Ahora podemos decir que el escorzo fue tan meritorio como la valentía. Ramos no pensó en el dolor, sino en el juego, como les ocurre a todos esos que rematan un balón perdido con la escayola, también con fatales resultados.

El Sevilla no compareció hasta el minuto 35 y lo hizo para empatar el partido. Hasta entonces, el equipo de Emery malvivía de los balones colgados al área del Madrid, casi siempre problemáticos para los centrales y para Kiko Casilla, negado toda la noche. Immobile marcó en una de esas jugadas. La pelota sobrevoló el espacio aéreo madridista sin ser interceptada y el italiano remató cuando el balón rebasó el segundo palo, ya casi sin ángulo.

Transformación

A partir de ese instante ocurrió algo sorprendente: el desorden del Sevilla, roto en varios pedazos, desordenó al Madrid, que pasó de equipo dominador a forastero desconcertado. Las incursiones de Tremoulinas (tremolina: bulla, confusión de voces) sembraron el pánico, descosieron a Danilo,  hicieron sentir nostalgia de Carvajal y Keylor.

Emery empleó el descanso para reducir la distancia entre líneas y el efecto fue inmediato. Mejoró el Sevilla, se entusiasmó el estadio y el Madrid recordó cómo arde el infierno. Banega puso a su equipo por delante después de ser asistido por Konoplyanka (‘chocoplancha’ en guasona transcripción local), que es un ucranio con pellizco.

Lo que siguió fue lo que esperábamos al inicio: una batalla trepidante, un intercambio de golpes. Hasta que el Sevilla pegó más fuerte y su rival no volvió a levantarse. Fernando Llorente, que había entrado por Immobile, consiguió el tercero de cabeza y volvió a incidir en su particular relación con el Madrid: hay amores imposibles que se comunican igual, a tiros.

No tuvo respuesta el Madrid, lo que también es una mala señal. Y tampoco apareció Cristiano, extrañamente ausente en los dos últimos partidos. James entró por Isco y logró en el tiempo añadido un gol que sólo es maquillaje antes del Clásico, colorete en un rostro pálido. 

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