El último de la estirpe de los mambises

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Por Yelandi Milanés Guardia | 15 agosto, 2018 |
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Juan Fajardo Vega, el último mambí (1975)

El 15 de agosto de 1882 nacía en el seno de una familia campesina, en el lugar conocido por Guayabal -en Santiago de Cuba- Juan Fajardo Vega, un hombre que tendría el honroso privilegio de ser el último mambí.

A este valeroso oriental lo une a nuestra tierra el hecho de que al incorporarse a la guerra del 95, con casi 15 años, lo designaran como escolta del entonces general de brigada Saturnino Lora, en el segundo cuartel general, División 2, que operaba en Jiguaní y Bayamo, por lo que se estrenó como combatiente en nuestra histórica geografía.

Posteriormente lo asignaron a un grupo de reparadores de armas y aunque inicialmente no le gustaba esa labor tuvo que aceptar, pues era la única forma de quedarse en la manigua. «Luego aprendí a querer el oficio», expresó en una entrevista.

Con perseverancia adquirió destreza y conocimientos. Reparó viejas tercerolas, escopetas de caza, revólveres de varios tipos y fusiles de las marcas Maúser, Remington y Winchester. Colocó sólidos mangos y guardas en los machetes.

Siempre tuvo como principio hacer todo lo posible por recuperar el armamento que llegaba en mal estado.

Recordaba a los jefes mambises bravos y pícaros, batiéndose siempre en desventaja en cuanto a hombres y armas.

“Pero conocían el monte, las cañadas y los trillos como las palmas de sus manos, por eso atacaban cuando no los esperaban.

“Los tiros estaban regulados porque nunca abundaban y el machete hacía el mayor trabajo. Se retiraban tan rápido como habían aparecido y los españoles no sabían qué hacer”.

Parece que la familia Fajardo Vega llevaba el patriotismo impregnado en las venas porque sus otros seis hermanos, según refiere Ecured, se fueron también a la manigua, a ganar con las armas la independencia cubana.

Uno de ellos, Francisco, se sumó a las tropas del lugarteniente general Antonio Maceo Grajales y junto a él protagonizó la invasión de Oriente hacia Occidente, una de las hazañas militares más trascendentales de su época.

Cuentan que pese a las penurias económicas sufridas en su centenaria vida, el luchador independentista rehusó cobrar pensión alguna por su participación en la guerra, al considerar que no había ido a ella por interés material, sino por la liberar a su amada Cuba.

Sobre ello refería: “Cada vez que la Patria ha estado en peligro, he dejado mis oficios y me he puesto al servicio de su defensa y cuando volvía la paz, de nuevo a mis oficios. ¡Nada de estar viviendo de la Patria!

Durante la república participó en varios movimientos y manifestaciones en contra de los gobiernos de turno. Más otra vez volvería al campo de batalla cuando la última guerra de liberación nacional demandó su colaboración como armero en el Tercer Frente Mario Muñoz Monroy, del Ejército Rebelde, en la región de Santiago de Cuba.

Narra su hija Caridad Fajardo Ayala que escondía las armas en una doble pared de su cuarto, las limpiaba y las daba a quien llegara a la casa con intenciones de irse a pelear.

El triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959  lo sorprende con la carabina al hombro, pero ya no es el joven mambí, y vuelve como siempre a sus faenas agrícolas, nada extraño para un hombre cuya humildad y sencillez le impedían dedicarse a escribir libros sobre la guerra, como lo hicieran muchos de sus contemporáneos.

Rápidamente se comprometió con la causa de Fidel Castro y es de los primeros en vincularse a las diferentes acciones emprendidas por la Revolución.

No dejó obra escrita que lo inmortalizara, ni ningún poeta cantó sus glorias. Su misión fue darse a los humildes con los que compartió suerte como uno más. No tuvo grandes acciones bélicas, ni se distinguió por sus hazañas militares, pero sus ojos fueron los últimos que vieron al Ejército Libertador en pie de guerra.

Juan Fajardo Vega recibió numerosas condecoraciones como la medalla Servicio Distinguido de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en ocasión de cumplir 107 años, en reconocimiento a su larga y destacada trayectoria revolucionaria.

El  2 de agosto de 1990 se apagó su vida en su provincia natal y su cadáver  fue trasladado al sitio histórico de El Cacahual, tierra sagrada donde descansan, entre otros próceres, el general Antonio Maceo y su joven ayudante Panchito Gómez Toro.

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