El volcán que estalló en La Demajagua (+ videos)

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Por Aldo Daniel Naranjo y Osviel Castro Medel | 10 octubre, 2018 |
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FOTO/ Luis Carlos Palacios

Algunos suben a la montaña del tiempo y juzgan los hechos del pasado con fríos prismáticos. Pero los grandes hechos deberían observarse siempre con la sangre caliente y no desde alturas que dan vértigo.

Los episodios de aquel octubre  de 1868, cuando la nación cubana brincó bruscamente de la almohada,  necesitan una mirada más “terrestre” porque muchos se imaginan el 10 de octubre como una fecha sin agitaciones ni enredos.

 

Revista Especial de Radio Rebelde por el aniversario 150 del inicio de las gestas independentistas!!!!!

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Publicada por La Demajagua en Miércoles, 10 de octubre de 2018

 

#LaDemajagua150

¿Qué sucedió realmente en #Cuba el #10deOctubre de 1868?

Publicada por La Demajagua en Martes, 9 de octubre de 2018

 

Tal fantasía fue creada por aquellos que contaron la historia así: el Padre de la Patria hizo sonar las campanas del ingenio Demajagua, leyó el Manifiesto, le dio la libertad a sus esclavos y los invitó a la lucha con la frase de “los que me quieran seguir que me sigan”.

Pero la verdad es que comenzar una guerra en la principal posesión de España en ultramar contra 13 mil hombres sobre las armas no era un juego de muchachos ni una aventura loca, aunque sí tuvo mucho de quijotesca aquella primera gesta, iniciada y concluida casi únicamente con filosas espadas agrícolas; es decir, machetes.

Pocos se pintan en la mente a Céspedes y Francisco Vicente Aguilera con los rostros “colorados” por las  interminables discusiones sobre las estrategias de lucha. El primero debió imponerse a la idea que propugnaba demorar el estallido un tiempo más, cuando estuvieran los fusiles y otras “condiciones creadas”.

“Usted es más arrestado que yo”, diría sonriendo Joaquín Aguero cuando  le preguntó a Céspedes su plan para obtener las armas que habrían de empuñarse contra los colonialistas. “Ellos las tienen”, respondió sin inmutarse el bayamés, quien  quería apurar el alzamiento porque estaba convencido de que en las conspiraciones demasiado demoradas -y esta llevaba ya mucho más de un año en fragua- nunca faltaba un traidor, filtrador de planes al enemigo.

La vida le daría la razón. Es conocido el episodio del cura Tomás Felipe, quien, enterado el día 7 de octubre en el confesionario de los preparativos independentistas, por boca de la esposa de uno de los patriotas, dio cuenta de estos a las autoridades colonialistas.

Menos mal que la suerte acompaña a los grandes. Si el revolucionario Ismael de Céspedes, sobrino de Carlos Manuel, no llega a trabajar en las oficinas del correo de Bayamo, a las cuales llegó, supuestamente, el telegrama enviado desde La Habana con la orden de detención de su tío y otros conspiradores, la historia se contaría hoy diferente. Probablemente Céspedes, Aguilera,  Masó, Maceo Osorio… Figueredo (a quien Ismael llevó copia del mensaje cifrado) hubieran sido fusilados ese propio año.

Algunos historiadores han puesto en duda tal mensaje porque no existen pruebas documentales -y los acontecimientos vinculados a él-, pero lo cierto es que el hombre que luego sería Padre de la Patria se adelantó a todos y, sin pretenderlo, se hizo grande.

PRIMERAS CHISPAS                       

Es cierto que el 9 de octubre se produjeron cinco levantamientos en regiones aledañas a Manzanillo. También que se tomó la capitanía pedánea de Vicana, hechos de los cuales algunos quizás se enteren ahora.

Todos los alzados tenían como líder al abogado de Bayamo, que desde su ingenio azucarero había  enviado recados a estos independentistas para concentrarlos el 10 de octubre en las sierras de Nagua.

Es entendible que aquellos hombres, en su arrebato, en un estado de ansiedades, miedos y exaltaciones y conociendo que los españoles ya tenían las noticias, realizaran los primeros disparos antes de la fecha dictada por su jefe.

¿Cómo imaginar ese 9 de octubre la propiedad del patricio, situada a unos 13 kilómetros de la Ciudad del Golfo? ¿Qué expresión tendría en el rostro aquel león enjaulado sabiendo que a la mañana siguiente estallaría el país?

Cuentan que La Demajagua esa noche estuvo en total alboroto y ajetreo, y algún historiador ha llegado a insinuar posibles “toques de tambores” de los negros en vísperas de la jornada tremenda. De seguro, los esclavos en esa finca (una de las 14 de Céspedes) tenían la certidumbre de que algo inusual iba a pasar, pero tal vez sean descartables los repiques africanos porque durante esa luna una patrulla española estuvo cerca del lugar.

Gonzalo Nuño, uniformado de la corona que Carlos Manuel previsoramente tenía como espía en Manzanillo, pidió “autorización para explorar” y retornó con esta nueva: Todo está tranquilo, apenas hay una lucecita. En realidad había un sol allí y decenas de personas en los portales.

Hay quienes dibujan el 10 de octubre como una reunión entre Céspedes, Masó y tres o cuatro jefes con una veintena de esclavos. Tal cuadro está distorsionado. Quizá pesa en esa percepción una carta en la cual el propio prócer informa que con 37 hombres sobre las armas comenzó la guerra.

Cientos de personas, las mismas que en los días previos hablaban mal de España y decían en lugares públicos ¡Viva Cuba libre!, se dieron cita en La Demajagua. Mientras Candelaria Acosta (Cambula) terminaba la bandera con parte de su propio vestido, los 500 congregados se organizaban en filas hasta que Miguel García Pavón, con gran solemnidad, hizo sonar las campanas y dio  paso a las inmortales palabras del futuro Héroe de San Lorenzo.

Resulta mágico repasar hoy que tres de los acompañantes de Céspedes en ese imborrable mitin: Bartolomé Masó, Manuel de Jesús Calvar y su hermano Francisco Javier de Céspedes llegaron después, en distintos años, al cargo supremo de Presidente de la República en Armas. Por coincidencia, los restos de los tres reposan muy cerca entre sí en la necrópolis de Manzanillo.

LOS DOCE HOMBRES                                        

En múltiples ocasiones hemos simplificado la gloria del levantamiento al 10 de octubre. No parece correcto hablar del extraordinario significado del hecho sin hacer mínimas referencias al 11.

En esa fecha, en Palmas Altas, Céspedes terminó de traspasar el futuro cuando redacta el decreto de emancipación de los esclavos que “se incorporan a la columna en marcha”.

Se desprende de ese documento que otros hacendados y propietarios, imitando al bayamés, soltaron las cadenas de sus esclavos y como compañeros los incorporaron a la lucha.

Finalmente, es preciso realizar una lectura crítica del primer combate del naciente Ejército Libertador, que desembocó en la derrota. Ansiosos de dar un buen golpe, de sacudir aún más la nación, los revolucionarios se fueron hasta Yara, donde llegaron de noche, después de conocer las extremas medidas de seguridad tomadas por la metrópoli en Manzanillo.

Llegaron mojados por la lluvia, “transidos de frío y rendidos de fatigas”, como escribiera Bartolomé Masó, aunque pidiendo a gritos “cargar al machete sobre el enemigo” y quemar “sus atrincheramientos si fuera preciso”.

Querían cumplir a toda costa lo que habían jurado un día antes, mas la inexperiencia y la falta de pertrechos los fulminaba.

El hecho que dio la luz completa a aquel octubre de volcanes acontece aproximadamente las 12: 00 de la noche, en el momento de la retirada. Sólo había dos bajas, pero la tropa estaba dispersa; acompañaban al Jefe de la Revolución apenas 11 hombres. Uno de ellos, goteando sudor y agua, dijo cabizbajo, con lógica para él: “Todo está perdido”. Céspedes, levantándose sobre su caballo, con un vigor que desbordaba sus 49 años, exclamó: “Aún quedan 12 hombres. Bastan para hacer la independencia de Cuba”.

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