Escribir es un acto de amor y de fe

Entrevista al escritor Evelio Traba a propósito del último premio recibido en España por una novela inédita
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Por Diana Iglesias Aguilar | 21 mayo, 2019 |
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DI: ¿Qué experimentó Evelio Traba en la mañana del 23 de abril pasado le anunciaron que se había alzado, entre 527 participantes de toda Iberoamérica, con el V Premio de Novelas Ejemplares Miguel de Cervantes?

ET:  Los premios literarios, cuando se fallan con honestidad y transparencia, siempre resultan una sorpresa muy agradable que actúa a modo de recompensa para el escritor. Sin duda se alegra tu día y también el día de las personas que han logrado, de un modo u otro, que tu esfuerzo se convierta en un hecho tangible. La posibilidad de publicación en un medio cada vez complejo para lanzar un libro en formato tradicional, como lo está siendo ahora mismo el mercado del libro en español.

DI: Dos versiones de Fray Bernardino sería tu cuarta novela. Cuéntanos un poco de qué va su argumento…

ET: Dos versiones de Fray Bernardino, retrata el drama vital de un escritor sexagenario caído en desgracia luego de una carrera esplendorosa en su juventud. Abandonado por su esposa, y en inicios de diálogos con su único hijo -un joven actor homosexual-se concentra en la escritura de una novela histórica que según cree, le restituirá sus días de gloria. La idea de dicha novela se filtra y es desarrollada en unos pocos meses, por un autor joven que está comenzando a abrirse paso en el mundo de las letras. Todo esto, en las casi 60 páginas que se  desarrollan en Puerto Alacranes, una topografía narrativa que, excepto Cuba, puede ser cualquier país latinoamericano del área del Caribe.

DI: ¿Qué males consideras tú afectan hoy en día a la producción literaria de los más jóvenes en Cuba?

ET: Nos afecta el esnobismo literario, que  está por encima de la disciplina que necesita un escritor para abrirse paso, y uno ve mucho diletantismo, mucha exhibición de destrezas en germen que necesitan ser mostradas por quien las posee. Aparejado a esto, advierto yo la experimentación vacía, los malabares de estructuras que no llevan a ninguna parte, lo cual es fatal y denota una falta de sinceridad del autor consigo mismo. Otro mal que me parece digno de mención: la literatura, tanto en el género lírico como narrativo, se ha convertido en una especie de plaza de armas o en un espacio para el compadrazgo, donde se desarrollan pugnas personales, o bien se convierte en un terreno donde abundan las críticas demasiado elogiosas a coterráneos o amigos. Creo que casi toda la literatura cubana contemporánea padece de ese mal en estos momentos. Si bien para todo escritor, la escritura se convierte a veces en un necesario ajuste de cuentas con la realidad, no podemos desperdiciar la maravillosa oportunidad explayar cosas nuevas para centrarnos en el guiño malicioso o la crítica hiper indulgente. Nos falta mirar más allá de nuestros horizontes, retomar el concepto de lo universal, del misterio de lo humano, buscar honestamente un camino dentro de nosotros mismos y no vivir ni posar como escritores: más lectura de clásicos y menos redes sociales, más introspección y menos disputas estériles, un mayor ejercicio de la ética y menos dagas envenenadas contra aquellos que creemos nuestros adversarios. Es preciso tomarnos nuestra obra muy en serio y a nuestra propia persona muy en broma. Creo que una prueba de ello son las obras de creadores como Elaine Vilar, Martha Acosta, Sergio García Zamora Yunier Riquenes,  Amhel Echeverría, Víctor Hugo Pérez Gallo, entre otros referentes de una nueva generación que está produciendo una obra sólida, con grandes valores artísticos, llamados a perdurar.

DI: ¿Qué importancia tiene para ti, aún desde las estéticas más experimentales, el lector como destinatario?

ET: Yo escribo en un forcejeo entre la expresión del escritor y la empatía que debo al lector. No quiere decir que debemos regalar, suavizar los contenidos, bajar el nivel del lenguaje, sino interpretar (ejercicio difícil) las expectativas de nuestros potenciales lectores que pueden estar en cualquier parte del mundo. La belleza es la que puede lograr esta conjunción de lo universal, que a su vez solo germina si aprendemos a mirar  con honestidad  en nuestro interior. La belleza no consiste en mostrar el lado amable de las cosas: hasta en lo sórdido hay poesía, hasta en lo abyecto hay una estética. Para esto hay que entender que la escritura es un acto de amor, un acto de fe. Escribir pensando en nuestros lectores es posible: lo lograron Cervantes, Cortázar, Borges, Rulfo, Bolaño. Es cuestión de comunicación, pero antes es una cuestión de espíritu, de crecimiento interior. Nadie da lo que no tiene. Nadie deforestado por dentro hace crecer bosques alrededor suyo.

DI: ¿Crees en ese mito común de que todo lo bueno ya está escrito y no es posible a estas alturas encontrar un camino propio, un estilo?

ET: Es absolutamente falso. Antes de los grandes maestros, ya existían otros grandes maestros, y así en una larga fila desde el presente hacia el pasado. Solo que quien escribe, como bien aclaraba Borges, lo quiera o no, está dentro de una tradición. Pero cada individuo tiene algo nuevo y relevante que expresar. Nadie vive las mismas circunstancias ni aún dentro del mismo tiempo. Lo importante es inventarse un camino, sin miedo a las influencias. Respetar a nuestros mayores no significa convertirlos en deidades. La clave podría estar en aprender lo mejor de cada uno de aquellos que hemos escogido como nuestros maestros, lo cual no excluye la expresión de nuestra propia personalidad y particularidad de estilo. Todo lo bueno ya se ha escrito, es cierto, pero nada detiene el curso de otras cosas excepcionales que aún están por nacer. Los grandes maestros están ahí para demostrarnos que todo es posible, aunque parezca que vivimos, como decía un poeta ruso, “los últimos días de la eternidad”.

 

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