Evocando a Chávez

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Por Osviel Castro Medel | 5 marzo, 2021 |
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FOTO/www.minci.gob.ve

Muchos cuentan que aquella tarde del 5 de marzo de 2013, después de la infausta noticia, el cielo de Caracas se tornó gris. Había fallecido Hugo Rafael Chávez Frías luego de tenaz lucha contra el cáncer.

Las lágrimas se convirtieron en lenguaje de millones, las líneas telefónicas colapsaron, los televisores se encendieron por doquier y los mensajes de aliento o pésame a Venezuela crecieron como nunca.

Pocas veces una mala nueva abatió tanto a la izquierda latinoamericana y mundial. Chávez, con el poder de su carisma y la claridad de sus ideas, era ya un líder referencial, un adalid de multitudes, un mito viviente y verdadero.

Tenía la capacidad de entrar en los corazones de las personas, porque hablaba con desenfado, sin ninguna pose; porque cantaba en público, no para ganar adeptos sino porque la copla llanera le salía del pecho; porque usaba bromas, recitaba en el sitio más impensado, se infiltraba en las muchedumbres, estaba al tanto de los problemas de la gente, hablaba con cualquier venezolano, lo mismo mediante su programa radio televisado Aló presidente, que a través de sus intensos recorridos por la nación.

Podía contar por televisión, sin pena alguna, sus cólicos gástricos o regañar al ministro más cercano. Era capaz de mandar a la “mierda” a los gringos por entrometerse en los asuntos de América Latina o de pararse en la mismísima ONU y sentenciar con toda la sinceridad del mundo “Huele a azufre todavía”, en referencia a George Bush,  el  entonces tristemente célebre presidente de Estados Unidos.

Chávez, el jefe de estado y amigo, el soldado y guía respetado, jugaba con los niños, abrazaba a sus hijas con pasión, se vestía de pelotero, recordaba sus tiempos de niñez en  Sabaneta de Barinas, cuando vendió  “arañas” (dulces caseros), o su faceta de militar, desde la cual intentó, en 1992, dar un giro a la historia del país.

Se decía descendiente de Fidel y lo era, no solo por los ideales que abrazaban ambos. Lo admiraba, lo seguía, lo quería profundamente.

No llegó a cumplir 59 años, pero ese tiempo le bastó para entrar en la historia. Lo hizo con talento y acciones,  con su capacidad para trabajar casi todas las horas del día; con su clarividencia, que le permitió crear un movimiento transformador. Lo hizo con su sonrisa y sus chistes, con su voluntad para luchar contra la enfermedad desgastante, con sus mimos a los seres queridos, con su manera infinita de amar.

 

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