Fidel, Raúl y Lisandra

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Por Diana Iglesias Aguilar | 18 diciembre, 2016 |
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Lisandra Bárbara Valerino Borrero integra la misión médica cubana en Brasil/ foto cortesía de la entrevistada
Lisandra Bárbara Valerino Borrero integra la misión médica cubana en Brasil / foto cortesía de la entrevistada

Durante años, en la presentación del noticiero nacional de televisión las instantáneas recuentan el avance en todos los órdenes de la gente que vive en este bravo archipiélago; momentos relevantes tejidos de sudor, lágrimas, sueños, sangre.

En medio de todo, los dos hermanos, Fidel y Raúl Castro Ruz con las manos enlazadas en señal de triunfo rememorando treinta años después el encuentro de 1956 en Cinco Palmas, Media Luna, cuando eran solo un puñado de hombres cansados, sedientos, menos que granos de maíz tiene una mazorca, pero decididos a luchar por la libertad.

Y allí está ella, de espalda, con sus altivos lazos azules que disimulan el nerviosismo del momento. ¿Qué estará pensando? ¿Qué le dijeron Fidel y Raúl a aquella niña? ¿Cuántos días tardó la pequeña en lavarse por recomendación de sus maestras y compañeros de aula?

El año 1986 fue agitado para el pueblo de  Granma. Numerosas y sucesivas visitas del máximo Líder de la Revolución aderezaban el diario bregar de hombres y mujeres de la construcción, la educación o la salud pública. De manera especial eran seguidos por Fidel los planes arroceros, de cultivos varios, del camarón, la implementación de sistemas de educación en institutos preuniversitarios y la edificación de locales para la enseñanza superior de las ciencias médicas.

Es el año del aniversario 30 del desembarco del Yate Granma por la costa suroeste de este territorio, de los primeros combates contra el ejército de Batista, de los primeros reveses, convertidos por la fuerza de la moral en victorias que alentaron al campesinado y a todo el pueblo.

En especial el mes de diciembre graba en la memoria sensitiva de Fidel un acontecimiento que ya había tenido un  parangón en las páginas bélicas de la isla. El día 18 se reencuentra con Raúl, luego de más de dos semanas intentando llegar hasta el firme de la Sierra Maestra.

Como Céspedes en 1868 después del primer revés en Yara, Fidel abraza de nuevo a sus hombres, sobrevivientes de persecuciones, masacres. Al contar más de una docena y algunas armas, anuncia con seguridad la conquista de la libertad como lo hizo el Padre de la Patria.

El pueblo medialunero esperó el memorable 18 de diciembre de 1986. La Cantata a Cinco Palmas reunió  el talento de las más nuevas generaciones para danzar, cantar, recitar. Entre los danzantes se encuentra Lisandra Bárbara Valerino Borrero, tímida como las niñas de tierra adentro, pero con la inteligencia suficiente para saber que la misión encomendada será única en su vida.

Es una pionera como otras, hija de  Bárbara que trabaja en el hospital,  hecha para el servicio y la bondad, tejedora con paciencia y mimos del altruismo de su única vástago; nieta de Guillermina, mujer revolucionaria y fidelista. Lisandra conoce la historia de su pueblo, por eso acude emocionada al rencuentro.

Después de bailar, sin saber cómo y hecha un manojo de nervios, la niña recoge en sus brazos un álbum que le coloca la maestra y junto a su compañero de clases Antonio Rodés lo entrega en el escenario, donde Fidel y Raúl unirían sus manos y proclamarán que en un pueblo como este, con una juventud como esta se ganarían muchas batallas.

Fidel ni corto ni perezoso hace varias preguntas a Lisandra y Antonio. Ella recuerda bien el roce de la barba suave y el beso profundo que el Comandante le dio en el lado derecho de la cara, luego Raúl jocoso y preguntón también la besa.

Ese día la pequeña se negó a borrar con agua y jabón las huellas de ternura de los dos guerrilleros y recordaba las palabras de la tía Estela bien temprano en la mañana mientras le hacía dos colas llenas de bucles coronados con lazos azules: tú verás, mi negra, que te va a pasar algo muy lindo hoy.

Orgullo hasta el llanto,  al retorno en la casa materna le esperaba a Lisandra. Ese día las palabras de uno y otro líder quedaron más grabadas que nunca. Era necesario estudiar, prepararse para el futuro y así lo hace siempre.

Hoy doctora en Medicina, aplica sus conocimientos hace casi dos décadas en su terruño, donde se redujo la mortalidad infantil y pasan años sin muertes maternas. Donde los niños tienen escuelas, vacunas para prevenir muertes por enfermedades infeccionas.

Una realidad bien diferente encontró Lisandra en Angola durante el año 2008 y luego en Venezuela en el año 2011. En África administró inmunógenos, asistió infantes, embarazadas, ancianos, con el ejemplo de sus líderes y con la humildad de su alma. En la patria de Chávez fue necesario aliviar el dolor físico, ayudar a caminar e incorporarse a mucha gente y se diplomó como Fisioterapeuta.

Hoy protege a cientos de habitantes de la geografía rural del sur brasileño, en un lugar donde nunca había llegado ni una doctora ni un médico. A diario vence  reticencias, incertidumbres urdidas por la politización  del Programa Más Médicos y escollos propios de su profesión, pero no teme, ¡Esas batallas las ganaremos! Me dice vía electrónica y me recuerda que se cumplirán 60 años de aquella frase, de aquel encuentro entre Fidel y Raúl, y evade su historia como si fuera intrascendente. Yo insisto en  escribirla, porque se que caló profundo en la vida de esta ejemplar doctora y mujer cubana.

Lisandra nunca olvidó las palabras del Comandante en Jefe y se formó como profesional de la Salud cubana
Lisandra nunca olvidó las palabras del Comandante en Jefe y se formó como profesional de la Salud cubana

 

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