¿Cómo fue la infancia de Carlos Manuel de Céspedes?

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Por Osviel Castro Medel | 18 abril, 2018 |
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¿Cómo fue la infancia de Carlos Manuel de Céspedes, el héroe que  hoy cumple 199 años? No se ha escrito mucho al respecto, pero hay una anécdota que lo retrata defendiendo a un compañero de colegio de los abusos de un  muchacho musculoso y arrogante.

Así era el carácter de aquel niño: sin miedo a los “grandes”, dispuesto a defender a los menos indefensos, animoso, pero a la vez afable.

Había nacido en una jornada lluvia, a las once de la noche del domingo 18 de abril de 1819 en una aristocrática casa (la número 4), del callejón de la Burruchaga, de Bayamo.

El  hijo primogénito de Francisca de Borja y Jesús María, pasó buena parte de los cinco primeros años en una propiedad de la familia, la hacienda Buenavista, ubicada en plena Sierra Maestra. De ese contacto inicial con el campo brotó de seguro su inclinación hacia la naturaleza y la vida primitiva, también al ejercicio físico.

Carlos Manuel fue un chico que se adormecía con lo bello, muy precoz y vivaracho, iniciado en los asuntos de colegio a los cinco años. Su primera maestra, una anciana casi ciega nombrada Isabel Cisneros, excelente educadora, no solo le enseñó a leer, escribir y elementales preceptos del catolicismo. Le relataba, además, leyendas bayamesas de jigües (o güijes), ondinas y hadas del monte.

Céspedes “quien luego sería trasladado a otra morada con sus hermanos más pequeños, Pedro María y Francisco Javier (que llegó a ser también Presidente de la República en Armas)”, en épocas tempranas de la vida demostró ser comunicativo, aunque un poco huraño con los desconocidos.

Su única hermana, Borjita, nacería el 10 de octubre de 1826, fecha que 42 años más tarde volvería a marcar su vida con el estremecedor levantamiento de La Demajagua. En ese tiempo de inocencias y juegos continuos, Carlitos “así le decía alguno” había ingresado ya en la escuela del presbítero Mariano Acosta, preceptor de José Antonio Saco.

De carácter inquieto y nervioso, el niño gustaba montar a caballo con el padre en las vacaciones. Luego tuvo un potro para él solo, “juguete” que vio como el mejor regalo de su corta existencia. “Crecí montando caballo al pelo a la manera de los tártaros y escalando montañas”, confesaría al evocar aquellas montunas tardes.

Estos dos trajines marcarían su destino: los equinos y la serranía. No olvidemos cómo fue su muerte inexplicable en solitario, entre penachos y animales, en San Lorenzo.

En los viajes por parajes agrestes tenía como acompañante a Pedro, un fiel esclavo que él llamaba cariñosamente Taita. Fue en esa etapa en que aprendió a nadar en las inmensas pozas de los afluentes Bayamo, Buey y Yao.

También de ese período de recorridos campestres es el episodio conmovedor que, de cierto modo, se repite luego en el peregrinar de José Martí. Narran los historiadores que en una de las haciendas vio a un esclavo martirizado en el cepo; impotente, desconcertado, solo pudo darle expansión a su sensibilidad y dejó rodar por sus encendidas mejillas dos hilos lagrimosos.

Una anécdota poco divulgada de ese bisoño inteligente es la acaecida en el convento de Santo Domingo, plantel donde pasó a estudiar a los diez años. Se dice que no ocultó su testarudez al padre Serrano, el profesor de Aritmética, cuando rehusó realizar un ejercicio a la par de los demás alumnos. No rechazaba los números, simplemente resultó un acto de rebelión, que le costó un inolvidable castigo en horas extraclases.

Al margen de ese “mal capítulo”, de su notoria intranquilidad y carácter algo señero, demostraba un apetito supremo de conocimientos. Temprano fue ducho en latín y pronto tradujo, asombrosamente, pasajes de la obra de Virgilio y otros grandes de Roma, en parte gracias al incentivo del regente José de la Concepción Ramírez.

El director de la institución diría de Carlos Manuel cuando este concluyó sus estudios dominicos: “Es testarudo y arisco, pero comprensivo y estudioso”. Al terminar este retrato le vaticinó un futuro brillante.

Enamorado de las palmas, los manantiales y las glosas latinas comenzó a escribir sus primeros versos a los 13 años cuando saltó a ilustrarse a otro recinto religioso. En esa fase inauguró acaso las lecciones de esgrima y su batallar en los tableros de ajedrez, un juego que le acompañaría hasta el viernes fatal de su deceso. Su primo, el abogado Ramón, fue el guía en tal universo de torres y alfiles.

También en este tiempo nació “otra arista poco mencionada” su afición por las cacerías de puercos cimarrones y otros animales salvajes. Tenía más o menos 15 abriles cuando ya se consideraba un experto en “el tirado de las armas de fuego”, como él mismo escribía.

De estas fechas “al finalizar sus tres cursos con los seráficos” es el primer recital de versos ante la familia. Una noche, en la tertulia nocturna celebrada en la morada de su tío Francisco José, Carlos Manuel, con ligera cortedad, declamó con un tono de paz, la mirada relampagueante y el verbo solemne.

La actuación arrancó aplausos y elogios en la multitud y él buscó furtivamente la mirada tierna de su prima María del Carmen (Carmela), en quien empezaba a emanar un amor correspondido.

En otras veladas el adolescente entonó ante el público “canciones populares” acompañado al piano y rodeado de señoritas y amigos del barrio.

Pocos saben de esas jornadas bajo la luna en las que comenzaba a sentirse adulto sin serlo biológicamente. Tampoco es de dominio general su reacción cuando conoció la noticia del destierro de Saco en 1834. “Tacón (el Capitán General) es el azote más cruel que ha caído sobre Cuba”, expresaría.

Ese desplazamiento hacia los detalles infantiles, hacia las intimidades y novelas más humanas de su era prematura es imprescindible, especialmente para las nuevas generaciones que, por lógica, han leído menos .

Es necesario para entender mejor al Céspedes de carne y hueso, al hombre de arranques, y pasiones.

Así podremos comprender por qué fue tan diestro en la espada y el ajedrez, tan brillante en la cultura, tan adelantado en la hora crucial. Así interpretaremos su inflexibilidad en conceptos como el mando único, su alma de poeta, su arrojo de libertador, su amor Cuba.

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