Un golfo y una glorieta en el alma de Manzanillo

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Por Sara Sariol Sosa | 4 octubre, 2018 |
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Escultura a Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo, de frente a lo que él llamó Bahía de Manzanillo, el Golfo de Guacanayabo FOTO/ Rafael Martínez Arias

A Manzanillo, el segundo municipio en importancia de la provincia de Granma, lo distinguen sobremanera varios símbolos que, desde la naturaleza, la cultura y la historia, se han apegado a su alma.

Entre ellos, acaso el más polemizado ha sido su llamada había, esa a la que Benny Moré cantó en 1962 por última vez durante los carnavales de la urbe, pocos meses antes de su fallecimiento en La Habana.

Polemizado, porque según razón, el Diccionario Geográfico de Cuba, obra de la Comisión Nacional de Nombres Geográficos, no recoge la existencia de una bahía frente a la ciudad de marras, sino del Golfo de Guacanayabo, gran porción de mar que se interna en la tierra y de mayor tamaño que una bahía.

De ahí que algunos hayan entendido entonces la interpretación que el Bárbaro cubano del ritmo hiciera de “A la bahía de Manzanillo, tema escrito por el bayamés Ramón Cabrera, como una contradicción geográfico-patrimonio cultural musical.

Pero esta última, en modo alguno resta valor a esa pieza que con el tiempo se ha convertido en himno de quienes habitan aquella localidad de vetusta arquitectura polvoreada por el salitre.

Menos, el error terminológico minimiza la importancia económica de ese accidente geográfico, caracterizado por tener gran número de cayos y arrecifes coralinos en sus aguas pocos profundas, lo cual propicia la población de diversas especies biológicas que constituyen una riqueza marina fundamental en la explotación pesquera cubana, y donde también se organiza la pesca deportiva.

En el malecón, donde se agolpan las aguas del golfo, se eleva, fundida en bronce y de dos metros de altura, la primera estatua del oriente cubano dedicada al Benny, para que él continúe pescando por siempre la luna en el mar.

La glorieta, ecléctica y morisca, en el corazón de Manzanillo, es testigo de sus amores y esperanzas FOTO/ Rafael Martínez Arias

Otro de los símbolos entrañables de los manzanilleros es la glorieta, ecléctica y morisca, de gran riqueza arquitectónica, y erigida gracias al interés y el aporte material de los pobladores de la ciudad.

La idea del proyecto inicial fue generada para homenajear al alcalde Manuel Ramírez León, quien declinó la oferta y sugirió que el dinero fuese empleado en una obra perdurable que embelleciera y diera brillo a la urbe.

Cuenta la historia que casi todo el pueblo cooperó; los maestros de obra, ayudantes y peones dieron su aporte con innumerables horas extras; los materiales fundamentales fueron importados desde España sin que mediara lucro alguno, y la Colonia Española de Manzanillo donó el vítreo escamado de la majestuosa cúpula.

Ubicada en el parque Carlos Manuel de Céspedes, en el corazón mismo de la ciudad, cuenta con una genealogía arquitectónica remontada al siglo XIII español, y fue concebida tomando como modelo la existente en el Patio de los Leones del palacio La Alhambra, en la ciudad española de Granada.

Surgido en el primer cuarto del siglo XX, a este hecho histórico se le atribuyen tres elementos importantes: la concepción original o trazado del proyecto técnico, la idea de construcción de una glorieta en el centro del parque principal y el proyecto de construcción de la obra.

La figura principal del proyecto fue un arquitecto de cuna santiaguera y de estirpe manzanillera llamado Carlos Segrera Fernández, y en los trabajos in situ participaron un ingeniero civil, maestros de obras, un plantillero, carpinteros, pintores, electricistas y otros obreros-ayudantes.

En su concepción general se compone de una planta hexagonal erigida a más de un metro del suelo, con un zócalo exterior enchapado con lozas cerámicas vidriadas y dibujos entrelazados, todo policromado con genial simplicidad. Sobresalen en la edificación 18 arcos de medio punto, peraltados y polilobulados, soportados, a su vez, por 24 enjutas columnas pareadas que descansan sobre pequeñas basas con fustes delgados y anillados.

La obra fue inaugurada oficialmente el día 24 de junio del año 1924 durante el comienzo de los carnavales, desde entonces fue la sede de la Banda Municipal de Conciertos, y hasta hoy ha trascendido como centro de diversas actividades políticas y culturales de una ciudad que vibra de orgullo por tan singulares símbolos.

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