Golpe de estado del 10 de marzo de 1952: Día triste en la historia cubana

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Por Gislania Tamayo Cedeño | 10 marzo, 2020 |
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FOTO/ Tomada de Sputnik

Un capitalismo despiadado, dependiente y subdesarrollado, plagado de desigualdades sociales, desempleo, analfabetismo, miseria, corrupción y represión entre otros males era el panorama de Cuba  en los tiempos de la neocolonia.

Era el año 1952 y Cuba estaba bajo el dominio del presidente Carlos Prio Socarras que había asumido el cargo el 10 de octubre de 1948.

 El  Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) se presentaba como principal candidato al triunfo  para las elecciones que se realizarían ese año, y que el pueblo estaba ansioso de que llegara el momento para que cesaran tantos años de dominio neocolonial norteamericano; esto significaba que el  Partido Acción Unitaria representado por Fulgencio Batista,  tenía muy pocas posibilidades de triunfar, al igual que era conocido de su cómplice los Estados Unidos.

Ambas partes planearon y ejecutaron el golpe militar del 10 de marzo de 1952.

Batista actuó de acuerdo a los intereses de Estados Unidos para impedir el triunfo de un partido progresista. Sabía que no podía hacer nada sino contaba con la aprobación de ellos. Este era el cuarto golpe de Estado en veinte años.

Mientras Carlos Prío Socarrás dormía en su finca de La Chata, Batista salía desde su finca de Kukine rumbo a la mayor fortaleza militar de Cuba, ubicada en el campamento de Columbia.

El golpe del 10 de marzo de 1952 dirigido por Fulgencio Batista contra el electo constitucionalmente presidente Carlos Prío Socarrás derogó la Constitución de la República vigente desde 1940 y estableció una dictadura feroz.

Este porrazo marcó un punto de desviación en la historia de la Cuba de entonces. La muy compleja situación en el orden económico, político y social, además la expansión de los Estados Unidos por las Américas mantenía a la Isla en su punto de mira.

Las consecuencias tuvieron su mayor repercusión en el plano político  porque contribuyeron a crear una situación revolucionaria en toda aquella aguerrida juventud que despuntaba con profundos intereses patrios.

 A raíz de esto, se llevó a cabo una campaña política que junto con la confabulación militar, creó en la población un clima agitado, el cual estaba destinado a demostrar la incapacidad del gobierno para mantener el orden, la paz pública, y los derechos de propiedad y libre empresa.

El momento exige la movilización urgente del pueblo.

Fidel Castro, joven revolucionario con una vasta preparación política puso al desnudo las verdaderas intenciones de la asonada, denunció sin rodeos a su cabecilla y encontró el camino justo para combatir con éxito a la tiranía: desencadenar la insurrección armada popular.

“Su golpe es (…) injustificable, no se basa en ninguna razón moral sería ni en doctrina social o política de ninguna clase. (…) Su mayoría está en el Ejército, jamás en el pueblo. Sus votos son los fusiles, jamás las voluntades; con ellos puede ganar un cuartelazo, nunca unas elecciones limpias…”, expresó Fidel públicamente en un manifiesto escrito pocas horas después del cuartelazo.

La Federación Estudiantil Universitaria  protestó con atrevimiento y tomó la colina universitaria en busca de armas, allí estuvo el estudiante José Antonio Echeverría, y los  miembros del Partido Socialista Popular (PSP) se opusieron al golpe y lo denunciaron de manera pública.

Abel Santamaría Cuadrado, quien luego fue el segundo jefe del Movimiento que llevaría adelante las acciones del 26 de julio de 1953, en una carta pública escrita el 17 de marzo de 1952, decía: “¿Para qué, en este momento, dogmas y doctrinas, si lo que necesitamos se llama acción, acción? (…) Basta ya de pronunciamientos estériles, sin objetivo determinado. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en su segundo (…)”.

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 significó el surgimiento de una generación política con un nuevo líder,  Fidel Castro echaba sus anclas a navegar con proa segura.

Con la lucha armada Fidel trazó su estrategia; tenía bien definido que: ni pueblo sin armas, ni armas sin pueblo. El pueblo es el alma de la revolución.

Había escrito “¡Revolución no, Zarpazo!”… “De principios se forman y alimentan los pueblos, con principios se alimentan en la pelea, por los principios  mueren”.

Sesenta y ocho años han transcurrido de aquel acontecimiento que cercenó el ritmo constitucional en el país, multiplicándose la persecución, la tortura y el crimen.

Los cubanos de hoy acrecentamos las ideas para recordar a aquellos que cayeron combatiendo a la dictadura desde lo más intrincado de nuestras montañas de la sierra Maestra hasta las ciudades para hacer realidad la revolución que triunfó el primero de enero de 1959. Conquistas que hoy levantamos con orgullo y gallardía.

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