El héroe que se comió un león

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Por Osviel Castro Medel | 29 mayo, 2020 |
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Alexis recuerda que han pasado 32 años desde que ganó su medalla en Cuito Cuanavale. FOTO/Luis Carlos Palacios

No podía escuchar después de la explosión. Aturdido, apenas entendía el movimiento de los labios de los soldados que le hablaban entre el humo y la pólvora. Sintió un líquido caliente que le corría por el rostro y supuso que era sangre. “¡El ojo, miren si tengo el ojo!”, le gritó a sus compañeros, mientras se sujetaba con fuerza el lado derecho de la cara.

“Lo que tienes es una herida en la frente”, respondieron quienes llegaron a auxiliarlo, entre ellos el bayamés Alberto Ortiz. Entonces preguntó por sus subordinados del BTR –vehículo blindado- y la respuesta lo noqueó: todos estaban heridos; el más grave era Carlos, el muchacho de Villa Clara que tanto animaba a las tropas con sus ocurrencias.

“Sucedió muy rápido. Era el 23 de enero de 1988 cuando chocamos con aquella mina mientras nos dirigíamos a Cuito Cuanavale”, narraría 32 años después Alexis Macle Velasco, quien entonces era teniente recién graduado en el Instituto Técnico Militar (ITM), de la capital cubana, y ahora vive en el reparto Antonio Guiteras, de Bayamo.

“Nos sacaron en camilla para llevarnos al helicóptero y luego nos trasladaron en avión para el hospital militar de Luanda, la capital de Angola. Carlos falleció a las 11:00 de la  noche y esa muerte nos hizo llorar a todos”, contaría.

Viéndose con la cadera dislocada y la herida inmensa en la cara sus pensamientos volaron hacia Holguín, la ciudad donde había dejado a sus padres, Leopoldo y Belkis.

Acostado en la cama del centro asistencial, azotado por la ansiedad, repasó algunos momentos cumbres de su vida: el paso por la Vocacional de Holguín, su graduación en el ITM como uno de los tres mejores expedientes del curso, las lágrimas de sus progenitores cuando se despidió de ellos la noche del 11 de agosto de 1986, el combate inicial en el que –inexperto al fin- se fue a la trinchera sin cargadores, las cuatro veces en que venció al paludismo, la primera carta del padre, cuyos rasgos lo estremecen aún: “En estos días he tenido sueños recurrentes, te he visto entrar por la puerta de la casa con el pecho lleno de medallas, pero cada que te voy a abrazar despierto. Siento tristeza, preocupación y te echo de menos. Cumple y sé ejemplo. Esos abrazos te los voy a dar cuando regreses”, le había escrito en aquella misiva.

De modo que, removiendo tantos recuerdos, se le oprimió el pecho y hasta tuvo malos presentimientos. Tal vez ese desasosiego se debió a que Leopoldo, al conocer la noticia de su hijo herido, se descontroló hasta sufrir un infarto. Por suerte, no fue mortal.

“Nunca me comunicaron nada, solo cuando regresé de Angola. Me dieron una preparación sicológica para para el recuentro”, evocaría Alexis.

Pero lo más sorprendente sobrevino después de la recuperación hospitalaria: mientras sus compañeros eran trasladados a Cuba él pidió ir de nuevo al campo de batalla, que estaba a más de1 000 kilómetros.

Así marchó otra vez a la contienda para provocar la euforia de sus hermanos de misión, quienes en la distancia no lo habían reconocido y hasta le dijeron “muñeco”, expresión usada cuando llegaban los “nuevos”. Así participó en la famosa batalla que duró tres meses (enero-marzo) y que ayudó a cambiar la historia del Sur de África. Así mereció, en mayo de 1988, la medalla Por la Defensa de Cuito Cuanavale, impuesta en pleno campo de guerra.

Fue, de las 11 acciones combativas que tuvo en Angola, la más inolvidable, la que cuenta con mayor frecuencia, humildemente, a su esposa Maidelín y a hijos Yohanna, Alexander y Anabel.

En estos días, al cumplirse 32 años de aquel reconocimiento que colocó en su pecho el teniente coronel Germán Revilla, no ha dejado de evocar las enseñanzas de su padre, quien se marchó físicamente en 1992 y no pudo ver parte de la carrera del hijo amado.

“Todo lo que él me decía  me impulsaba, yo me quería comer un león cuando leía sus cartas”, reconoce ahora este hombre de 55 abriles que llegó al grado de teniente coronel y a quien la vida trató de emboscar en 2011 cuando apareció una enfermedad que parecía concluyente.

“Me operaron tres veces en La Habana y salí airoso; me ha ayudado mucho el ejercicio y el arte marcial que practico, el Ke- Hsiao”, dice sonriente. Lo ha ayudado su amor a la familia, que lo ha llevado a cuidar desde hace 10 años a su madre enferma; su deseo, su corazón de héroe.

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