“Soy hija de la metáfora”

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Por Geidis Arias Peña y Lianet Pérez Sánchez (Estudiante) | 12 diciembre, 2019 |
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FOTO/ Rafael Martínez Arias

A orillas del Golfo del Guacanayabo, a la luz de un candil fue aquel “parto”, engendrado por el verso y la metáfora; que trajo al mundo a Juventina Soler Palomino.     

Creció arrítmica, desenfadada, y devino consonante de su tiempo, lírica de ciudad, y expresividad volcánica, en medio de una  crisis de papeles en los años 90, que sin sospecharlo la llevó “todos los días a inventarse un país”.

Después de aquellos Signos de Resurrección (2003) que le costaron un Exilio en mi ciudad (2005), no pocos advirtieron, al Mirar a los lados (2007), un vibrante discurso, que cernido en críticas, no amedrentó en ella la voluntad de crear.

“Muchos dicen que tengo un discurso bastante fuerte, bastante contestatario. Otros me decían al principio que yo escribía como un hombre.

“El mundo literario es muy masculino, somos muy pocas las mujeres. Pero siempre quise tener una voz personal; me parece que yo he logrado mi propia voz”, acentúa con orgullo.

Rosas espinadas, carencias inolvidables y pasionales costumbrismos, distinguieron las primeras líneas escuchadas en la tertulia El Candil (1993), que vieron en México el gozo de la primera publicación Antología Cósmico-Lírica (2000).

“Soy una escritora que comenzó a publicar de manera tardía –aunque precisa-, no me apura mucho publicar, yo cuando tengo un libro listo lo mando a la editorial y lo pongo a disposición de los lectores especializados”, precisa.

“Inicié en la poesía- confiesa-. Para mí ese es el gran género porque da la base al escritor, ya que esta trabaja con el lenguaje; después que se domina, te puedes mover para donde quieras”.

Con esa versatilidad, la poeta contestaria se confesó sin miedos, y remó a nuevos escenarios.

“Incursioné no solamente en la poesía sino también me dediqué al ensayo, escribo teatro, dramaturgia, también soy  ahora la coordinadora del proyecto de intervención comunitaria como jefa de géneros Musas inquietantes, es decir que una cosa presupuestó a la otra”, reconoce que en aquella casa en condiciones paupérrima –sede de la Asociación Hermanos Saíz en Manzanillo- tejía todos esos sueños desde joven.

“La AHS era una acrofrodía de jóvenes que lo mismo nos reuníamos en el parque, que nos reuníamos en el café 1906, nos reuníamos en el malecón delante del mar, pero siempre tomando muy en cuenta, muy en serio el hacer literatura, el hacer poesía, eso fue algo que nos ayudó y que nos marcó sobre todo a los escritores que en aquella época”, destaca entusiasmada.

De a poquito, las palabras se anclaban cada día más dentro de su rutina, mientras se desplazaba la profe de Español-Literatura de aquella aula de Secundaria Básica que la recibió cuando salió del Instituto pedagógico Blas Roca Calderío.

“Haberme graduado de literatura por supuesto fue una ganancia increíble porque ahí pude saber todos los tipos de literatura, estudiar lingüística, armarme del francés, latín, la historia del idioma, pero más que eso me aportó mucho la fraternidad con los demás  jóvenes en ese tiempo que estábamos escribiendo.

“Confrontar ideas, debatir, hacer un poco de taller literario que en aquel tiempo lo tomábamos muy en serio, leer un poema y que te lo criticaran era prácticamente se sentía muy bien, aprendíamos mucho, debatíamos mucho de la literatura clásica, de la literatura cubana y nos tomábamos muy en serio todo lo que hacíamos”, señala.

Aquella tarde cálida del 2019, en la casa de los escritores granmenses, donde hojeaba sus memorias de 25 años de creación, y se regocijaba por el Premio al Mérito Literario José Joaquín Palma, máximo galardón que entrega la Uneac, la poetisa contestataria, sin dudar, ni alzarse en la prisa, con los ojos empañados, lanzó al mundo su secreto: “Soy hija de la metáfora”.

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