Historias que no tapó el nasobuco

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Por Osviel Castro Medel | 2 julio, 2020 |
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Los jóvenes atendieron a personas de la tercera edad y otros grupos vulnerables. FOTO/Osviel Castro Medel

Cuando se escriba la historia de los tiempos de pandemia no deberían faltar los relatos de bisoños que ayudaron a desvalidos, o los  “descubrimientos” que vivieron otros jóvenes mientras tocaban a las puertas de casas modestísimas.

Sí, porque en el acto de auxiliar a las personas vulnerables,  algunos encontraron experiencias complicadas, como las de personas en sillas de ruedas, necesitadas de medicamentos para combatir varios padecimientos.

Salvadora Ocaña Vinajera, de 76 años, también con algunas enfermedades a cuestas, era una de las que no podía acudir a las largas colas de la farmacia en tiempos de coronavirus. Por eso, tres veinteañeros, estudiantes  de Cultura Física, llamados Liliana Sosa Zamora, José Jesús Remón García y Osmani Ricardo Coto se turnaron como mensajeros para llevarles las medicinas.

Atendieron con esmero otros casos, por supuesto, aunque el de estos abuelos humildes estuvo entre los más impactantes. Y en ese ir y venir de la farmacia a las viviendas aprendieron de tarjetones, de remedios para la hipertensión o las cardiopatías, de colas, de la vida de ciudadanos con aprietos económicos.

Ellos, integrantes del contingente Victoria de Girón –que desde el 21 de abril también apoyó faenas en el surco- hoy consideran que “fue una escuela” esta iniciativa porque entendieron muchos aspectos de la realidad que “estaban delante de nuestros ojos sin percatarnos”.

“Pensábamos que había menos ancianitos con problemas de salud, de soledad o de vivienda”, apunta José Jesús para luego exponer que sintió mucho placer al incorporarse a este destacamento solidario.

Para Liliana Sosa Zamora el período en el que se hizo más frecuente el coronavirus consolidó amistades con compañeros de estudio y ayudó a fraguar lazos estrechos con los pobladores a los que asistieron.

“Cuando nos veían sus rostros se iluminaban y esas señales nunca las olvidaremos. Estábamos cumpliendo un deber, fue algo modesto, pero nos parece que aportó un granito de arena en la lucha de todo el país contra la Covid-19”, dice.

Ella estuvo entre las destacadas del contingente, al punto de merecer un reconocimiento público, entregado por Yannara Concepción Domínguez, miembro del Buró nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Por su parte, Osmani expone que el agradecimiento recibido por los beneficiarios fue estimulante pues “cumplimos la tarea como un deber moral y no para ganar puntos individuales”.

Los tres hicieron estas labores sin descuidar el estudio porque las tareas docentes se mantuvieron en la distancia.  Además, sobrevinieron misiones domésticas que los ayudaron a crecer como seres humanos.

Por cierto, la jefa del contingente, Arlenis Silveira Martínez,  quien también estudia Cultura Física y tiene 20 años, pasó buena parte del tiempo con una infección urinaria y aún así acudió cada día a la secundaria básica Augusto César Sandino -donde recibía las orientaciones- y tampoco dejó de coordinar, orientar y ejecutar acciones.

“Hice un esfuerzo, mis compañeros me ayudaron a trasladarme para que caminara lo menos posible”, rememora.

Mientras el joven delegado de la circunscripción 130, del Consejo Popular Camilo Cienfuegos, Angel Ramírez Medina, comenta a sus 29 abriles que la contribución de estos muchachos y de otros que se encargaron de llevar los abastecimientos de la canasta familiar fue notoria.

“Ahora debemos ver qué mecanismos empleamos para seguir atendiendo a esas familias”, señala él.

No le falta razón. El coronavirus se ha aplacado, pero las limitaciones de muchas personas continúan y es obligación principal seguir dándoles la mano para que la historia se escriba más allá de medicinas a domicilio o de nasobucos empleados en una circunstancia suprema

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