Un hombre de espíritu tempestuoso y libertario

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Por Yelandi Milanés Guardia | 18 abril, 2019 |
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Estatua en honor a Céspedes ubicada en la Plaza de la Revolución de Bayamo/FOTO Luis Carlos Palacios

Cuentan que vio la luz en un día tempestuoso, como natural anuncio del carácter que lo definiría. El 18 de abril de 1819 sería un día inolvidable para doña Francisca de Borja López del Castillo y Ramírez de Aguilar, y para Don Jesús María Céspedes y Luque, pues ambos festejaron la llegada de un niño que, sin sospecharlo, cambiaría los destinos de su país.

Al nacer en “cuna de oro” Carlos Manuel Perfecto del Carmen Céspedes y del Castillo asumía, inconscientemente, el encargo de contribuir al sostenimiento o incremento de la fortuna familiar, pero al tomar conciencia de su verdadero destino y amor por los oprimidos, torció su rumbo y se consagró a la independencia y emancipación de sus compatriotas.

La pasión por la jurisprudencia quizás le hizo pensar que la libertad es un derecho natural de todo ser humano, y acorde a sus ideas, procedió.

Aquel gallardo bayamés no titubeó a la hora sublime de alzarse en armas, porque la intrepidez y valentía eran características muy típicas de su persona, cuyo carácter era como el de una fuerza natural irrefrenable.

Y ante el desaliento de la primera derrota, inundó con su inobjetable optimismo las almas de los patriotas que lo secundaban: “¡Aún quedamos doce hombres; bastan para hacer la independencia de Cuba!”.

Mas luego el destino lo premiaría con el trofeo de Bayamo y el cetro de la República en Armas, cuyo uso no lo deslumbraría ni obsesionaría. Pero nunca faltan quienes odien a los que tienen luz, porque, acostumbrados a la oscuridad en que los sumergen sus bajezas y miserias humanas, se enceguecen al ver a esos hombres que brillan como el sol.

Por eso muchos no tuvieron paz con Céspedes e intentaron inútilmente humillarlo y restarle méritos; bien sabía el monarca de la libertad, como una vez expresó, que: “Para oscurecerme o deshonrarme tendrían que rasgar más de una página de la historia”.

No hubo faceta humana que le fuera ajena, por eso no extraña verlo convertido en deportista, compositor, escritor, periodista, dramaturgo, político y militar, como si no le alcanzase una vida para realizar todas sus potencialidades.

Sus virtudes y aptitudes lo convirtieron en un hombre singular, que como otros jamás se repiten, pues como bien dijo Martí: “Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad”.

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