El hombre que sembró su alma en un jardín

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Por Osviel Castro Medel | 13 junio, 2017 |
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FOTO/ Osviel Castro Medel

Si un día decidiera escribir sus Memorias, de seguro conseguiría venderlas como pan caliente en cualquier lugar del mundo, probablemente más rápido que sus ocho libros científicos.

Solo redactando las anécdotas de sus inicios hasta llegar la etapa del Ejército Rebelde, Luis Catasús Guerra garantizaría millones de lectores, porque esa zona de su vida está poblada de anécdotas divertidas o extraordinarias, como las de poquísimos seres humanos.

“Yo era bizco y demasiado tímido, pero superé ambas limitaciones con el paso del tiempo”, comenta sonriendo este bayamés que el pasado lunes fue galardonado con el Premio Nacional de Medio Ambiente junto con el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez.

“Me he casado cinco veces de papeles y tengo igual cantidad de hijos, que han nacido en los matrimonios nones; es decir, en el primero, tercero y quinto”, añade para acentuar su humor persistente.

“Tuve tres nombres hasta hace poco, Luis Joaquín Amadeo,  con gran papeleo logré quitarme el último, aunque todavía me aparecen todos en algunos documentos”, acota con otro gesto pícaro, para luego evocar con seriedad que fue hecho prisionero dos veces en Bayamo por sus actividades clandestinas contra la dictadura de Fulgencio Batista.

“Papá se vio obligado a enviarme a La Habana, mi vida corría peligro aquí; pero la idea de irme para la Sierra era muy fuerte y terminé uniéndome al Ejército Rebelde en 1958.  Estuve en el Primer Frente, donde fungí como maestro porque ya tenía vencido parte del bachillerato. Cuando concluyó la guerra estaba destacado en Minas de Frío”, comenta con orgullo sobre aquel período.

Si esas historias no atraparan añadamos que este hombre nacido el 9 de mayo de 1939 puede contarse entre los alumnos que inauguraron la escuela de cadetes del Ejército Rebelde, en Managua, en los albores de 1959. Y que se desempeñó, en Matanzas, como profesor del primer Curso básico de oficiales, por el cual pasaron varios de los que luego serían generales y otras figuras importantes de la nación.

Y agreguemos a su historial que vivió, por azar, alguna vez, momentos cerca de Fidel, Raúl, el Che, Camilo y José Ramón Fernández. “Al Comandante en Jefe lo vi por primera vez cuando el sabotaje del vapor La Coubre”, recuerda con nitidez.

Pero tal vez lo más asombroso en la novela real de Catasús es que, habiéndose iniciado como jardinero en la llamada “vida civil”, terminó siendo Doctor en Ciencias Botánicas y el único agrostólogo (especialista en gramíneas) de Cuba.

EL COMPLEJO MUNDO DE LAS GRAMÍNEAS

Mientras conversamos en el patio de su casa, ubicada en el céntrico paseo General García, él reconoce que en la juventud fue muy temperamental y ese carácter le trajo algunas discusiones acaloradas.

“No había madurado todavía.  Me licencié del Ejército porque tuve problemas con un superior y comencé a laborar como jardinero en el Jardín Botánico Nacional, pero a la par de ese trabajo matriculé la carrera de Biología en la Universidad de La Habana en 1968”, expone.

“Nunca supe nada de jardinería, ni mostré mucho apego por las plantas aunque uno de mis abuelos sí me inculcó desde pequeño el amor a la naturaleza.  Quería estudiar psicología. Sin embargo, surgió la posibilidad de una carrera universitaria y no la desaproveché”, rememora.

En esos trajines conoció al Doctor Johannes Bisse, un alemán estudioso de la flora de Cuba,  fundador del Jardín Botánico Nacional y considerado una eminencia de la botánica en el mundo.  A poco, Catasús llegó a ser su alumno ayudante y colaborador más cercano.

“Con Bisse aprendí mucho, me entusiasmaba cada una de sus expediciones a diferentes lugares del país, se convirtió en un verdadero maestro”, reconoce.

Fue tal el poder de seducción que la naturaleza ejerció sobre él en esas excursiones científicas, que estuvo entre los candidatos a acompañar a Antonio Núñez Jiménez en su emblemática expedición al Amazonas en el año…

“Me hubiera encantado vivir esa experiencia; de todos modos, tiempo después,  pude ir 45 días a una expedición al desierto de Gobi, en Mongolia, que resultó algo inolvidable”.

A ese histórico viaje suma otras experiencias profesionales en España, Alemania y la antigua URSS, país donde se graduó en 1982 como agrostólogo en el Instituto de Botánica Komarov, de la actual San Petersburgo.

Allí terminó de comprender que la agrostología es apasionante y muy abarcadora porque muchas de las plantas que las personas califican como “yerbitas” son estudiadas por esa especialidad.

También investiga especies fascinantes como el bambú, “que tiene incontables usos, puede representar una fuente de ingresos y nosotros no hemos sabido aprovechar”, según sus palabras.

Antes de esa incursión en la Unión Soviética, Kata, como lo llamaban los vietnamitas que estudiaron con él en la Universidad, vivió otros episodios tremendos en la República Popular de Angola (1976-1977),  donde, increíblemente, llegó a dirigir por un corto lapso un hospital para personas con problemas psiquiátricos.

UN PRECURSOR

Catasús ha sido un fundador, no solo por haber participado en la “germinación” del Jardín Botánico Nacional.  Fue pionero en la creación del Instituto Jorge Dimitrov, la Estación de Pastos y Forrajes de la Provincia y el Jardín Botánico Cupaynicú, por solo mencionar algunos ejemplos.

Actualmente está contratado por esa última institución, donde transmite a las nuevas generaciones sus experiencias de botánico excepcional. “Siempre les he dicho a los jóvenes que hagan lo que les gusta, si asumen ser profesionales en este campo, que lo hagan con placer”, señala.

El “Kata” figura, sin dudas, entre las personalidades más condecoradas de Granma en cualquier esfera de la vida. Suma tres premios de la Academia de Ciencias de Cuba y los lauros nacionales Álvaro Reynoso, de Ciencias Agrícolas; Julián Acuña, de la Sociedad Cubana de Botánica; Guillermo Leyva, de la Asociación Cubana de Producción Aninal y el de Asociación de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTAF), por la obra de la vida.

A pesar de esos y de muchos otros pergaminos, Catasús había sido reacio a su candidatura al premio nacional del medio ambiente, algo que aceptó, según él, luego de escribir los colosales dos tomos de la flora de Cuba, específicamente sobre las gramíneas.

Admite que presentó el expediente por “la insistencia de los compañeros del Citma y llegó este reconocimiento”, que no ve como algo individual, sino el estímulo a muchas personas que lo apoyan en las instituciones y en la propia familia, como su esposa Belkis Socarrás.

A sus 78 años, dice tener fuerzas para seguir investigando, “a pesar de las operaciones en la vista por tanto esfuerzo frente al microscopio” y a contrapelo también de una caída sufrida al subir un  árbol.

“A veces uno se olvida que está viejo y cuando vienen las caídas lo recuerda; pero no puedo, no sé vivir sin esto”, dice entre suspiros, refiriéndose a las ciencias y las plantas; a todas las siembras que ha hecho a lo largo de Cuba; siembras no solo botánicas, porque él ha plantado más que su alma en montes y vergeles, que lo confirman como un cultivador sencillamente singular.

1-“No hemos aprovechado las potencialidades del bambú”, dice en el Jardín Botánico Cupaynicú, institución a la que retornó hace unos años.

2-En el patio de su actual vivienda no es extraño verlo conversar sobre su historial como combatiente.

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