Hoy y por siempre Fidel (+infografía)

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Por Geidis Arias Peña | 25 noviembre, 2019 |
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FOTO/Kaloian Santos

Se repetirá una y otra vez, más allá del límite de las gargantas. Unos dirán gigante, otros Comandante, y habrá quienes, sin articular, gritarán un nombre, Fidel.

Serán los mismos adjetivos: invencible, barbudo, valiente; los mismos infinitivos: combatir, amar, porque cada año las palabras se sabrán incansables y no bastará con decirte ¡Hasta siempre Comandante!

Repasaremos tu vida, y redescubriremos la anécdota entretejida en el Llano y en la Sierra, el viento y el mar, la guerra y la gloria.

La tinta volverá a tu rostro reflexivo, a la ardiente sonrisa, a la visión de futuro; pero aún así no habrá grandeza que se deje de dibujar, en toda la dimensión de su andar.

Los ojos de la historia cuentan  que te vieron por primera vez llegar al actual territorio granmense en octubre sagrado que a Cuba abrió el camino a la libertad.

Era 1947 cuando el joven Fidel arribó en un avión a Manzanillo, para llevar la campana de Céspedes a La Habana, y repicarla  ante gobiernos corruptos.

Después de un encuentro con veteranos, líderes populares y concejales del Ayuntamiento municipal, todos quedaron convencidos del propósito de la clarinada; el muchacho tenía apenas 21 años cuando hizo al pueblo palpitar con la reliquia nacional.

Al llegar a la capital cubana suscitó varias revueltas, perdió la campana y no reposó hasta que su símbolo de lucha apareció.

Nueve años más tarde, desembarcó en el Granma, forjó aquí el Ejército Rebelde, y aún las huellas de los pies cansados y el sudor susurran que el Líder y su tropa experimentó en las montañas de la Sierra Maestra días de balas, contratiempos y victorias.

Regresaría al lomerío para firmar la primera Ley de Reforma Agraria, en 1959, y luego en múltiples ocasiones visitaría la provincia para inaugurar obras sociales, como en 1986 y 2002.

Se conmemoraba el aniversario 53 de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes cuando en la bayamesa  Plaza de la Patria se le escuchó por última vez el discurso por un 26, que perpetuó en la memoria de esta tierra.

Ahora, quizás, el verbo redunde el sentimiento, pero será sincero como el estrechón de abrazos que sacamos del pecho, cuando ceden las lágrimas ante la brisa del recuerdo, y se empapa de nuevo el gris noviembre por ti.

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