La aurora del Primero de Enero

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Por Agencia Cubana de Noticias (ACN) | 2 enero, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

El primero de enero de 1959, el pueblo cubano vivió la apoteosis y la alegría del triunfo de la Revolución, tras una heroica campaña combativa protagonizada por los mejores y más sacrificados hijos de la nación, encabezados por el joven líder Fidel Castro y el Ejército Rebelde que desde las montañas de la Sierra Maestra había reiniciado los combates.

Esa última etapa fue antecedida por procesos de ebullición, coraje y también dolor, como los asaltos a los cuarteles Moncada; en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo, el juicio y la prisión fecunda de los sobrevivientes en Isla de Pinos, el exilio organizativo y conspirador en México, la creación de un patriótico y audaz Movimiento 26 de Julio y un Directorio Estudiantil Revolucionario, animado por los mismos objetivos.

Muchos cubanos valiosos e inolvidables, sobre todo jóvenes,  habían caído en las calles de Cuba en el combate por hacer realidad el sueño y el pensamiento del Apóstol, cuando finalmente en diciembre de 1956  llegó a las costas cubanas desde México el yate Granma, con 82 expedicionarios dirigidos por Fidel, dispuestos a luchar o morir por la libertad en las montañas orientales.

La lucha fue cruenta, pues la expedición resultó duramente golpeada pocos días después, pero la voluntad férrea y convicciones del líder y el valor de los que quedaron vivos,  hicieron posible el milagro del reencuentro, de la continuidad del movimiento liberador.

En los últimos tiempos, antes del triunfo de enero, la extensión de la lucha desde las montañas de la Sierra Maestra hacia el occidente del país, y la batalla de Guisa, dirigida por Fidel Castro, del 20 al 30 de noviembre de 1958, fueron decisivos en el fortalecimiento y avance indetenible de la insurrección armada que condujo al triunfo.

Igualmente, la creación de otros destacamentos guerrilleros, como el II y III Frentes en el propio Oriente cubano, núcleo inicial de la campaña armada, el del Escambray, en el centro del país y las históricas Batallas de Santa Clara, y Yaguajay  dirigidas por Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, respectivamente, catapultaron la llegada de la esperada victoria.

Sin embargo, el triunfo de la Revolución Cubana, suceso que posibilitó el inicio de cambios trascendentales en la vida del pueblo y de la nación, además de felicidad también trajo la conciencia y las certezas de que se avecinaba entonces una etapa muy difícil, repleta de nuevos combates, desafíos y dificultades.

Y la alerta llegó desde el primer día en las palabras de quien en lo adelante sería el dirigente máximo del pueblo cubano, no solo brillante como estratega militar, sino también por su pensamiento político lúcido y penetrante, de una luz larga sobrecogedora.

“Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas.  Esta vez sí que es la Revolución”, dijo Fidel Castro ante los entusiastas santiagueros el mismo día Primero de Enero, en el histórico centro de la capital oriental, que tantos hijos había aportado a la emancipación.

“La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros, sobre todo, en esta etapa inicial (…)

El Comandante se refirió también al intento de golpe de Estado pergeñado en Columbia (La Habana), para impedir el triunfo revolucionario, bajo orientaciones del gobierno de Estados Unidos, que además posibilitó la huida del tirano Fulgencio Batista y su camarilla.

Proclamó entonces que esta vez sí era la Revolución verdadera y no lo que había ocurrido tantas veces, al final de la campaña iniciada por Martí en 1895, y los procesos revolucionarios de los años 30 y 40.

Encabezando al victorioso Ejército Rebelde inició una caravana que recorrió todo el país, deteniendo su paso en ciudades y enclaves de la nación, donde fue aclamada por el pueblo. Las fuerzas rebeldes que habían llegado al centro desde la segunda mitad de 1958, se adelantaron a esperarlo en La Habana.

Ante los capitalinos el líder volvió a ratificar sus preocupaciones con las enormes responsabilidades que a partir de entonces competían a la Revolución y a sus dirigentes. El acto de La Habana, realizado el día de su llegada el ocho de enero, hasta horas de la madrugada del siguiente, es uno de los más grandiosos e inolvidables de la historia de la Revolución Cubana.

Fidel Castro nunca se equivocó sobre la naturaleza y la posterior conducta que seguirían los gobiernos de sucesivos presidentes de Estados Unidos, quienes siempre fueron enemigos declarados de la insurgencia y la lucha revolucionaria, y luego de la revolución triunfante.

La larga cadena imperialista de agresiones, sabotajes, crímenes, actos terroristas, campañas de descrédito, manipulaciones y el más largo y criminal bloqueo económico y financiero contra un pueblo, lo han probado con creces. Y todavía se mantienen a los ojos del mundo.

Pero la Revolución nunca se detuvo, con la conducción de ese gigante,  primero en el cumplimiento del programa justiciero del Moncada, y también en el afianzamiento del patriotismo, libertad y soberanía de esta pequeña nación, que inició un mundo nuevo a partir del Primero de Enero.

Como dijera Fidel tan temprano, lo más difícil estaba por venir. Pero el pueblo cubano ha vivido sus logros y sus alegrías, también numerosas e inmensas, sin arrepentirse. Algo que sigue reafirmando cada día, a pesar de la ausencia física de su invicto Comandante.

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