La ciudad y el tiempo

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Por Gisel García Gonzalez | 5 noviembre, 2015 |
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FOTO/ Rafael Martínez Arias
FOTO/ Rafael Martínez Arias

Más de cinco siglos de historia atesora la villa San Salvador de Bayamo, emplazada a las orillas del “bibiribi”, cual bautizara la poetisa bayamesa Úrsula de Céspedes al río que baña los orígenes de la nacionalidad cubana, una tierra cuyo aliento tiene un estertor de himno de guerra, un eco de patriotas a caballo, disparos y un tremolar de banderas.

En abril de 1514, en carta de relación al rey de España Fernando el Católico, de la cual se conserva solo un extracto, el conquistador Diego Velázquez informa que donde quemó al cacique Hatuey, a orillas de un río bueno que se dice “Yara”, ha fundado una villa y le puso San Salvador, porque allí fueron libres los cristianos del insurgente y con ello se salva la conquista de Cuba.

El museólogo e historiador Aldo Daniel Naranjo, afirma que a diferencia de las historias fundacionales del resto de las villas cubanas, con orígenes santorales, el relato de esta villa, cubierto aún de penumbras y mitos, presenta un detonante político.

Bayamo es un toponímico de origen arauco, comunidad agricultora ceramista que comenzó a poblar Cuba durante los siglos VIII y IX.  El vocablo, expresa José Maceo Verdecia en su libro Bayamo, proviene de Bayam, árbol bajo cuya sombra se amansan las fieras, según la traducción castellana del propio autor.

En 1792, al crearse el segundo escudo de la villa, en el primer cuartel aparece un león guarnecido bajo un árbol, indicios quizás de una generación criolla bayamesa que comenzaba a valorar el sentimiento de patria, autonomía, y que dará pie en un corto plazo al sentimiento de independencia.

Bayamo fue llamada primer territorio libre, cuando el ejército de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, ocupara la plaza rodeado por el pueblo, que pedía la letra de La Bayamesa a su autor Pedro (Perucho) Figueredo, ante la iglesia que albergó las notas y bendijo la insurrección. A la victoria de aquel 20 de octubre de 1868 se impuso en breve el avance del tirano y los pobladores de la segunda villa cubana escogieron el sacrificio: “El incendio arrasó con toda la población- cuenta José Maceo Verdecia- a las seis de la mañana ya ardía por los cuatro extremos ¡Rebeldía suprema de un pueblo en aras de su liberación! ¡Gesto gallardo de una raza que prefería su aniquilamiento, su dispersión definitiva, antes que caer de nuevo en el látigo de sus opresores!”. A la sangre inmortal ya derramada, se unía ahora la ceniza; Bayamo se convertía en la ciudad antorcha, la ciudad invicta.

Más de un siglo después de aquellos acontecimientos, el Himno Nacional cubano: “Al combate corred, bayameses”, pone nuestro gentilicio en todas las gargantas, fuera de las fronteras del caudaloso Cauto, en la contemplación orgullosa de la Patria, en las actuales trincheras de la historia; pues aún en diálogo constante con su pasado esta capital no se encuentra detenida.

Medio milenio de recuerdos habitan en cada piedra, arteria, inmueble, página, rostro, y otros tantos se unirán a la conquista del futuro en una urbe crecida y hermosa, la construida para honrar la sangre por los herederos de la hazaña. Bayamo exhibe cicatrices, sí, tejido nuevo que ofrendar, si fuese necesario.

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