La despedida anunciada de Cuba

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Por Leonardo Leyva Paneque | 16 marzo, 2017 |
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Foto AP
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Para Cuba y sus atletas el IV Clásico mundial de béisbol ya es historia. Y aunque el desempeño retumbe como el más discreto en estos torneos, desde que surgió en el 2006, Carlos Martí Santos y su tropa cumplieron, al menos, el compromiso de acceder a la segunda ronda.

Esa siempre fue la meta para la nave antillana. Aspirar a más resultaba una quimera, porque la pelota cubana y su liga distan mucho de las mejores del mundo, en casi todos los aspectos.

Con esa cruz a cuestas llegaron nuestros representantes a tierras del Sol naciente, incluso el reto de incluirse entre los ocho primeros también imponía una cuota adicional de esfuerzo, porque Australia, el rival a derrotar, significaba el escollo más difícil en sus pretensiones de avanzar; y así quedó demostrado con el cerrado duelo que ganaron en la conclusión de la fase preliminar.

El accionar de la Mayor de las Antillas estuvo marcado por notables deficiencias, pero ninguna otra como el descontrol manifiesto de sus lanzadores, con 30 boletos otorgados en seis partidos, en el que inciden la desconocida zona de strike y el pobre repertorio, entre otros factores.

Desde hace muchos años en las series nacionales escasearon los tiradores supersónicos y también han desaparecido los zurdos dominantes y de buen control. Una de las causas que también influyen en la merma ofensiva, porque nuestros bateadores enfrentan a diario serpentineros que apenas se acercan a las 90 millas por hora y con solo dos o tres lanzamientos.

Tal vez ahí esté la explicación del desempeño de los alumnos de Martí Santos, más allá de cualquier táctica equivocada. Además, quienes incursionaron en ligas extranjeras fueron, a la postre, los de mejor rendimiento: Alfredo Despaigne Rodríguez, Yurisbel Gracial García y Roel Santos Martínez.

Sin duda, otra verdad irrefutable, de ahí que constituye una necesidad incrementar los contratos, porque de lo contrario crecería el riesgo de que en venideras versiones, Cuba quedara mucho más temprano en el camino. Y eso sí sería un total naufragio.

Como en las dos ediciones anteriores, Japón (2009) y Holanda (2013) fueron rompecabezas imposibles de descifrar, aunque los asiáticos parecieron, en algún momento, adversarios más asequibles, pero faltaron armas y recursos.

Nuevamente, esos conjuntos se combinaron para -por tercera ocasión consecutiva- privar a Cuba de acceder a semifinales, independientemente del revés sufrido ante Israel en la apertura de la segunda etapa.

Asimismo, se equivocaron quienes pensaron que la designación del mánager cubano marcaría la diferencia en el máximo certamen beisbolero del mundo. Cualquiera que hubiese sido el elegido carecía de las armas suficientes y necesarias para enfrentar a rivales superiores.

Ahora lo más importante será encaminar un trabajo consciente por la calidad y el nivel del béisbol aquí. Solo, de esa manera, la pelota cubana regresará -en cuatro años- a los principales escenarios del mundo y con pretensiones más ambiciosas.

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