La exitosa permuta de Chacho Aliaga

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Por Geidis Arias Peña | 25 junio, 2016 |
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Campesino granmenseEste campesino de marcado carisma, se resiste al consejo médico de mantener una vida sosegada, sin estrés como exigen las labores del campo, pues “el petrolero”, como llama a su corazón, ha sufrido dos infartos.

Quizás esa perseverancia hoy lo lleva a ubicarse entre los mejores de la cooperativa de crédito y servicios Vicente Pérez.

“Cuando aprobaron eso de las tierras en usufructo yo solicité 32 hectáreas en la localidad de San Juan, a unos cinco kilómetros de la cabecera municipal, y en cambio entregué una finca, herencia de mi difunto padre, la cual no rendía mucho”.

Así cuenta sus primeros pasos en la ganadería a partir del Decreto Ley 300, el masoense Manuel Ángel González Piñeiro, bautizado por una de sus hermanas como Chacho Aliaga.

“Al mes aporto más de mil 500 litros de leche a bodegas del municipio para niños y dietas especiales. También entrego carne a la Industria, aunque demora unos cinco años el tiempo de ceba de las reses”, comenta entusiasmado.

Iván, un joven que lo considera parte de la familia y Ángel Luis, su único hijo, le ayudan a la faena de ordeñar, pastorear y alimentar a las reses.

“Dividí la tierra en tres cuartones para organizar mejor el trabajo y la cerqué con alambre púa. Cada área tiene un fin, el cultivo de la comida de los animales, el pastoreo y la siembra de yuca y otras viandas para el consumo de la casa”, precisa.

“Todo el tiempo hay que estar pendiente del ganado, incluso por la noche, si escuchas un ladrido hay que tirarse de la cama”, dice al mismo tiempo que aclara “Tengo siete perros”.

De repente, pone fija la mirada, el rostro serio y entre dientes expresa “esos condenaós velan la mínima oportunidad”, y narra los infortunios en su terreno a causa de ladrones.

“Estuve hospitalizado en dos ocasiones y en esos tiempos me llevaron, primero un caballo, que no era ni mío y después una vaca”-respira profundo y dice con cierto enojo “si yo agarro uno…”.

Sus ojos se entristecen y alguien que pasa cerca lo saluda “qué hay compay”, acto seguido extiende uno de sus brazos e indica adiós.

Cabizbajo vuelve al diálogo. “Sólo estuve lejos del campo cinco años para pasar el Ejército (Servicio Militar Activo), tres de los cuales me fui a Angola como soldado”.

“Normalmente la finca me da para lo que necesito. Ahora mismo quiero mejorar la vivienda. Hacerla de mampostería”, revela casi a punto de despedirse con la certeza de que fue una exitosa permuta.

“Así son las cosas negra”, me dice recobrando nuevamente la sonrisa.

 

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