La felicidad de un salto al vacío

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Por Osviel Castro Medel | 19 enero, 2019 |
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Carlos Justo Bruzón Viltres/ FOTO Geidis Arias Peña

Cuentan sus historias y es imposible evitar el embeleso. Se quemaron las pestañas a tal punto que antes de los 35 abriles ya los tres eran doctores en Ciencias, una categoría que implica no solo neuronas, también corazón para aniquilar obstáculos.

El reloj de los tres se ha acelerado con investigaciones profundas realizadas a contracorriente, ajetreos para impartir docencia o publicar en revistas, responsabilidades en la dirección  y las complejas luchas del presente.

Dos de ellos, Carlos Justo Bruzón Viltres y Maikel José Ortiz Bosh, nacieron en 1982 y se enamoraron temprano del Derecho y la Pedagogía, las respectivas ramas que estudiarían más allá de madrugadas.

Por su parte, Ibrahín Amhed León Téllez vendría al mundo dos años después para convertirse en un perseguidor de los números, una tendencia que lo inclinó a la carrera de Contabilidad y Finanzas.

“Tal vez hubiera sido pelotero. Incluso, llegué a la Eide, pero tuve que abandonarla por una lesión”, expresa con una sonrisa este bayamés, que con apenas 29 primaveras devino Doctor en Ciencias Económicas.

No lejos de él, Maikel, un manzanillero que se graduó de Filosofía e Historia, comenta entre bromas que también practicó béisbol, esgrima y taekwondo: “Coincidí con Carlos Barrabí (hijo), Pedro Vega y otros que después fueron atletas de alto rendimiento. Claro, yo no era bueno”.

Carlos tampoco tocó estrellas en el balonmano, la disciplina que practicó en la adolescencia. Sin embargo, llegó al cosmos como jurista, profesor e investigador, al punto que ahora es vicerrector de la Universidad de Granma (UDG) y miembro de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC).

Por cierto, sus dos compañeros ganaron hace poco la condición de “asociado joven de la ACC”, un peldaño por el cual ya pasó Bruzón y que alcanzan pocos entre los profesionales más jóvenes.

Ibrahín Amhed León Téllez / FOTO Geidis Arias Peña

ESTRÉS CONVERTIDO EN ALEGRÍA

Detrás de los títulos  de cada uno se esconden anécdotas estremecedoras o risibles, que revelan grandeza y humanismo ejemplares.

Carlos recuerda, por ejemplo, el estrés experimentado el día de la predefensa, porque su oponente, la calificada doctora Magela Ferrari, de la Universidad de La Habana, no llegaba a Santiago de Cuba, el lugar donde se reunía el tribunal.

“Se pasó dos días en el aeropuerto tratando de venir, pero había una situación difícil con los vuelos. Debíamos comenzar a las 8:00 de la mañana y lo hicimos como a las 4:00 de la tarde; terminamos después de las 9:00 de la noche; viví la tensión adicional de ese larga espera”, comenta este yarense, Doctor en Ciencias Jurídicas.

Tampoco olvida que necesitó estirar los días y las noches porque se graduó siendo ya vicerrector  “y me tocaba atender tanto las investigaciones como los posgrados”.

Mientras Amhed, hoy profesor en la UDG, rememora que en épocas de sus estudios para alcanzar la máxima jerarquía investigativa estaba inmerso en la construcción y a veces “no tenía ni dónde poner la laptop” por la nube de polvo que rondaba sobre su naciente vivienda.

Llegó a pensar que en esos atascos no le alcanzaría el tiempo para terminar la tesis doctoral; pero, contra cemento y arena, logró concluir el ejercicio y convertirse en uno de los mejores graduados de su curso curricular.

Al escucharlo, Maikel vuelve a iluminarse porque rememora que el día de la añorada discusión, cuando se trasladaba de su casa a la sede del pedagógico manzanillero, perteneciente hoy a la Universidad de Granma, el carro tuvo desperfectos técnicos y “se trabó” varias veces en el camino.

“Imaginen a un hombre con saco y corbata, empujando un carro a pleno sol. Me bajaba y subía, me bajaba y subía. La gente miraba la escena con cara de asombro”, relata.

Los tres dicen que el momento de culminación de estudios resulta indescriptible, de nervios, lágrimas, pensamientos…

“Te parece mentira, la gente te felicita, te alegras, pero no lo asimilas, queda la sensación de un vacío inmenso, viene un salto cualitativo en la vida, pero al día siguiente es que comienzas a creer que todo ha terminado o tal vez que ha empezado una nueva etapa porque vendrá otro punto de partida”, expone Ahmed, quien se desempeña como máximo responsable del Centro de Estudios de Dirección y Desarrollo Local.

“En esos instantes recapitulas lo que has pasado para llegar hasta allí, piensas en los seres queridos y evocas a los que ya no están, yo recordé mucho a mi abuelo que era como un segundo padre”, señala con visible emoción Maikel, Doctor en Ciencias Pedagógicas y quien, de 2001 a 2008, fue un participante activo del programa televisivo Encuentro con Clío.

Maikel José Ortiz Bosh/ FOTO Geidis Arias Peña

VOCACIÓN VS ECONOMÍA

Ninguno de los tres oculta que ser doctor hoy en Cuba no implica incentivos económicos suficientes. Saben que 150 pesos por esa categoría científica significa poco después de tantos desvelos.

“Es cierto que no hay una compensación por el esfuerzo, el sacrificio y especialmente por la responsabilidad que se asume luego de llegar a esa posición, desde la cual se contribuye al desarrollo de la sociedad y del país.  Por eso existen éxodos dentro y fuera de fronteras, aunque sabemos que esa contradicción está en las discusiones de todos los niveles y un día habrá que revertirla”, apunta con franqueza Carlos, quien en 2016 ganó el Premio Nacional José Garcerán de Vall, que otorga la Unión de Juristas de Cuba al mejor joven del mundo del Derecho.

Sin embargo, los tres reconocen que no hicieron el doctorado por 150 pesos, sino porque seleccionaron ese camino para sus vidas.

“En algún momento habrá cambios y será muy bueno para nosotros, pero las personas que escojan este rumbo tendrán que hacerlo por vocación y no esperando una remuneración alta”, subraya Amhed, acreedor de varios  premios nacionales, entre estos el Raúl León Torrás, otorgado a relevantes economistas.

Sobre esa misma cuerda anda Maikel, docente sobresaliente de la sede Blas Roca, quien resalta que se antoja una tarea difícil atraer a jóvenes al ámbito académico, aunque “nosotros hemos seguido la máxima martiana de buscar la felicidad haciendo el bien al resto de la humanidad; es decir, que el conocimiento de una persona sea puesto al servicio de la sociedad por encima de lo individual”.

Por eso, ellos coinciden en la importancia de no engavetar las investigaciones, de aprovecharlas en las instituciones para que la ciencia desemboque en el desarrollo de la nación.

FUTURO

Se miran entre sí y vuelven a surgir las chanzas. Cuando el reportero les pregunta cómo ven el futuro responden que “nos vemos calvos”, acaso porque reconozcan que “lejos de sentir alivio, ahora serán mayores los retos y los estudios”.

Carlos se imagina al lado de Lianet, su esposa actual, profesora de la UDG, a quien debe mucho por el apoyo, al igual que al resto de la familia. Y teje planes para Carlos Alejandro, el hijo amado de 10 años.

Amhed se dibuja encauzando a sus retoños, Gian Marcel y Damián Amhed, de cinco y dos abriles. Mas, tal vez, no les inculque demasiado las espinosas operaciones matemáticas.

En tanto Maikel se figura viendo crecer -no solo en lo biológico- a su adorado Yoan David, que cumplirá 11 el próximo 16 de febrero.

Los tres creen que se seguirán reencontrando en eventos científicos, en una conversación sobre asuntos terrenales, en reuniones académicas, compartiendo después de algún certamen.

Se suponen en constante superación, ayudando a otros a alcanzar la cima que ya tienen. Desde ella, seguirán mirando con modestia y perseverancia, dos de las virtudes con las que han vencido incontables molinos de la vida.

 

 

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